Historia de Portugal

Portugal ha recibido a una larga lista de conquistadores y gobernantes extranjeros a lo largo de los últimos 3000 años. Celtas, romanos, visigodos, árabes y cruzados cristianos, todos contribuyeron a crear la identidad portuguesa. En el s. XV, marinos y exploradores transformaron el país en un imperio. Los siglos siguientes fueron tiempos de devastación (el terremoto de Lisboa de 1755) y grandes cambios (industrialización, dictadura, descolonización) hasta que Portugal se convirtió en una democracia estable en los años ochenta del pasado siglo. En muchos sentidos, una historia paralela a la española.

Primeros pobladores

La península Ibérica fue uno de los primeros lugares de Europa donde se asentó el ser humano; se calcula que ya habitaban homínidos en ella antes del 200 000 a.C. Durante el Paleolítico, los primeros antepasados de los portugueses dejaron tallas en rocas cerca de Vila Nova de Foz Côa, en Alto Douro, que fueron descubiertas fortuitamente durante un proyecto de construcción de una presa en 1992; se calcula que tienen unos 30 000 años de antigüedad. En el Alentejo, en la Gruta do Escoural, se hallaron dibujos de animales y humanos tallados que se han datado en torno al 15 000 a.C.

Pero el Homo sapiens no era el único bípedo. Los neandertales coexistieron junto a los humanos modernos en algunos lugares, si bien escasos, como Portugal durante un período de hasta 10 000 años. De hecho, algunos de los últimos restos de su existencia se hallaron en la península Ibérica.

Los neandertales fueron tan solo los primeros de una larga lista de habitantes que aparecieron y desaparecieron del escenario ibérico. En el primer milenio antes de nuestra era, los pueblos celtas empezaron a llegar a la península y colonizaron el norte y oeste de Portugal hacia el 700 a.C. Surgieron entonces decenas de citânias (pueblos fortificados), como la imponente Citânia de Briteiros. Más al sur, mercaderes fenicios, seguidos por griegos y cartaginenses, fundaron asentamientos costeros y abrieron minas de metales en el interior.

Los romanos

Cuando los romanos invadieron el sur de lo que hoy es Portugal en el 197 a.C. esperaban una victoria fácil, pero no habían contado con los lusitanos, una tribu celta establecida entre los ríos Tajo y Duero, que se resistió ferozmente a su avance durante medio siglo. Incapaces de subyugarlos, los romanos les ofrecieron la paz y empezaron a negociar con su líder, Viriato. Desgraciadamente para Viriato y los suyos, la propuesta resultó ser una trampa y el líder murió envenenado. Tras su muerte en el 139 a.C., la resistencia se hundió.

Los mejores vestigios del Portugal romano son los de Conímbriga o las ruinas del templo de Diana en Évora.

En el s. V, cuando se produjo la caída del Imperio, Portugal llevaba 600 años el poder de Roma. Tal herencia se materializó en la construcción de carreteras y puentes, además de en el cultivo de trigo, cebada, olivos y viñedos. También fueron de origen romano las extensas haciendas llamadas latifúndios, el ordenamiento jurídico y, sobre todo, un idioma de raíces latinas. De hecho, ningún otro invasor resultaría tan útil.

Moros y cristianos

El vacío dejado por los romanos fue ocupado por invasores bárbaros del otro lado de los Pirineos: vándalos, alanos, visigodos y suevos. Finalmente, fueron los visigodos arios, ya convertidos al cristianismo, quienes acabaron dominando el territorio en el 469.

Las rencillas internas de los visigodos propiciaron la llegada de la siguiente gran oleada de invasores, la de los árabes desde el norte de África en el 711, cuando una facción visigoda pidió su ayuda. Rápidamente ocuparon parte de la costa meridional portuguesa.

Los habitantes de esta zona disfrutaron de paz y prosperidad bajo el dominio de los musulmanes, que establecieron su capital en Shelb (Silves). Los nuevos gobernantes eran tolerantes con judíos y cristianos; permitieron que los pequeños hacendados cristianos conservaran sus tierras, y los animaron a probar nuevos métodos y cultivos, especialmente de arroz y cítricos. La actual lengua portuguesa tiene muchas palabras de origen árabe y numerosos topónimos, entre ellos Fátima, Silves y Algarve, y la repostería tradicional tiene una indudable influencia musulmana.

Mientras tanto, en el norte, las tropas cristianas fueron cobrando fuerza y conquistaron Oporto en el 868, aunque la Reconquista no alcanzó su apogeo hasta el s. XI. En el 1064 cayó Coímbra y en el 1085, Alfonso VI de Castilla derrotó a los musulmanes en Toledo, su enclave central en España, aunque al año siguiente las tropas de Alfonso fueron expulsados por aguerridos almorávides que acudieron en ayuda del emir desde lo que hoy es Marruecos.

En respuesta a la llamada de socorro del rey castellano, numerosos cruzados europeos acudieron para luchar contra los infieles. Con la ayuda de Enrique de Borgoña, entre otros, Alfonso hizo avances decisivos. La lucha continuó durante varias generaciones y, en 1139, Alfonso Enríquez (nieto de Alfonso VI) logró una victoria determinante en Ourique (Alentejo), se proclamó Dom (rey) y reconquistó Santarém y Lisboa. Fue el nacimiento del reino de Portugal. A su muerte, en 1185, la frontera portuguesa estaba asegurada hasta el río Tajo, pero todavía tuvo que pasar un siglo para que el sur fuera arrebatado a los musulmanes.

La era de los Borgoña

Durante la Reconquista, el pueblo portugués no se vio sometido tan solo a las consecuencias y avatares de la guerra: con las victorias cristianas llegaron nuevos gobernantes y nuevos ocupantes del territorio.

La Iglesia y su acomodado clero, propietarios de tierras, se adueñaron de todo, seguidos por los ricos aristócratas. Aunque teóricamente libres, la mayoría de la población seguía siendo súbdita de la clase terrateniente, con muy pocos derechos. El primer atisbo de gobierno participativo fue el establecimiento de las Cortes (Parlamento). Esta asamblea de nobles y sacerdotes se reunió por primera vez en 1211 en Coímbra, en aquel entonces capital del país. Seis años más tarde, la capital se trasladó a Lisboa.

Alfonso III [1248-1279] tuvo el mérito de enfrentarse a la Iglesia, pero fue su hijo Dionisio, el Labrador [1279-1325], quien tuvo un impacto realmente decisivo para Portugal. Hombre culto y amplio de miras, impuso un sistema judicial, inició programas de reforestación progresiva y fomentó el comercio interior. Reconvirtió la poderosa Orden de los Templarios (disuelta por el papa Clemente V) y la convirtió en la Orden de Cristo, de gran importancia posterior en el país. Cultivó la música, las artes y la educación y fundó una universidad en Lisboa en 1290, que después se trasladaría a Coímbra.

Además, Dionisio construyó o reconstruyó unas 50 fortalezas a lo largo de la frontera con Castilla y firmó un pacto de amistad con Inglaterra en 1308, la base de una prolongada alianza futura.

60 años después de la muerte de Dionisio, Portugal estaba en guerra con Castilla. Fernando I contribuyó a azuzar el conflicto al llevar a cabo un juego de alianzas tanto con Castilla como con Inglaterra, prometiendo a ambas naciones la mano de su hija Beatriz, a quien casaría finalmente con Juan I de Castilla; con ello entregaba el futuro de Portugal a manos castellanas.

Al morir Fernando en 1383, su esposa, Leonor Teles, gobernó como regente, pero también ella estaba involucrada con los españoles, ya que había mantenido una larga relación con un amante gallego. La burguesía comercial marítima prefería al candidato portugués Juan, hijo (ilegítimo) del padre de Fernando. Juan asesinó al amante de Leonor, esta huyó a Castilla, y los castellanos invadieron Portugal.

El enfrentamiento final se produjo en 1385, cuando Juan se enfrentó a un nutrido ejército castellano en Aljubarrota. Tenía las de perder, pero prometió construir un monasterio si ganaba; y ganó. Nuno Álvares, el extraordinario comandante en jefe de las tropas portuguesas, fue en gran medida el responsable de la victoria, gracias a su magnífica estrategia.

La victoria aseguró la independencia y Juan cumplió su promesa encargando la construcción del impresionante Mosteiro de Santa Maria da Vitória de Batalha (o Mosteiro da Batalha). Asimismo selló la alianza entre Portugal e Inglaterra y se casó con la hija de Juan de Gante. La paz llegó en 1411.

La Era de los Descubrimientos

El éxito del rey Juan despertó sus ambiciones y, animado por sus hijos, pronto dirigió sus energías militares hacia el exterior. El norte de África fue su primer objetivo, y en 1415 Ceuta cayó en sus manos. Fue un momento crucial en la historia de Portugal, un primer paso hacia su edad de oro.

Fue Enrique, el tercer hijo de Juan, quien mejor supo canalizar el espíritu de los tiempos, fervor de cruzada, ansias de gloria marcial y sed de oro, en exploraciones marítimas que transformarían el pequeño reino portugués en un poder imperial.

El avance más importante se produjo en 1497 durante el reinado de Manuel I, cuando Vasco da Gama llegó al sur de la India. Con el oro y los esclavos de África y las especias de Oriente, Portugal pronto acumuló grandes riquezas. Manuel I estaba tan encantado con los descubrimientos (y la entrada de dinero) que para celebrarlo ordenó una ordalía arquitectónica, la cual encabezó el Mosteiro dos Jerónimos de Belém, y más tarde su panteón. La llegada de unos 150 000 judíos expulsados de España en 1492 supuso asimismo otro breve estímulo para la economía portuguesa.

España, sin embargo, también se había subido a la ola de las exploraciones y pronto las pretensiones de los dos países ibéricos colisionaron. El descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492 alimentó la rivalidad, un conflicto que se resolvió con el Tratado de Tordesillas (1494), según el cual el mundo se dividía entre las dos grandes potencias a lo largo de una línea 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Portugal ganó las tierras situadas al este de esta línea, Brasil incluido, oficialmente anexionado en 1500.

Esta rivalidad espoleó la primera circunnavegación del mundo. En 1519 el navegante Fernando de Magallanes, portugués, pero bajo pabellón español, se propuso demostrar que las islas de las Especias (las Molucas) estaban en territorio de España. Llegó a lo que luego serían las Filipinas en 1521, pero murió en una escaramuza. Uno de los cinco navíos de su flota, bajo el mando del español Juan Sebastián Elcano, llegó a las islas de las Especias y regresó por el cabo de Buena Esperanza, demostrando así que la tierra era redonda.

Tras la llegada de sus exploradores a Timor, China y más tarde Japón, Portugal afianzó su poder con puertos fortificados y asentamientos comerciales. La monarquía, que ingresaba la quinta parte de todos los beneficios, el “quinto real”, acumuló una enorme fortuna y se convirtió en la más rica de Europa; el exuberante estilo arquitectónico manuelino simbolizó la afluencia de riquezas de aquellos tiempos.

Esta situación no podía durar demasiado. En 1570, el enorme coste de las expediciones y el mantenimiento del imperio empezaron a pasar factura. La gota que colmó el vaso llegó en 1578. El joven e idealista Sebastián ocupaba el trono y, decidido a cristianizar el norte de África, reunió una fuerza de 18 000 hombres y zarpó de Lagos. Sufrió una desastrosa derrota en la batalla de Alcazarquivir, también llamada de los Tres Reyes. Sebastián y 8000 de sus hombres murieron, entre ellos muchos nobles portugueses. Su anciano sucesor, el cardenal Enrique, vació las arcas del reino para pagar el rescate de los prisioneros.

A la muerte de Enrique en 1580, el tío de Sebastián, Felipe II de España presentó su candidatura al torno luso. Su coronación como Felipe I de Portugal marcó el fin de la independencia lusa, su edad de oro y su glorioso momento en el centro del escenario mundial.

Poder español y renacimiento portugués

El comienzo del dominio español fue prometedor: Felipe se comprometió a conservar la autonomía de Portugal y su Parlamento, olvidado durante mucho tiempo. Pero el pueblo portugués se resistía al gobierno español y alimentaba el sueño de que Sebastián todavía estuviera vivo, fueron muchos los aspirantes a sucederle hasta 1600. Aunque Felipe fuera hombre de honor, sus sucesores demostraron serlo bastante menos y utilizaron Portugal para proveer de dinero y soldados las guerras de ultramar, mientras dirigentes españoles gobernaban Portugal.

La insurrección en Cataluña espoleó el deseo de independencia portugués, aún más cuando Felipe III de España ordenó a tropas portuguesas que sofocaran la revuelta; finalmente, en 1640, un grupo de conspiradores lanzó un golpe. Los nacionalistas expulsaron de Lisboa a la gobernadora de Portugal y a su guarnición. Fue entonces cuando el duque de Braganza subió a regañadientes al trono y fue coronado como Juan IV.

Acosado por la hostilidad de España, Portugal buscó aliados. Dos rápidos tratados con Inglaterra comportaron el matrimonio de Carlos II con la hija de Juan, Catalina de Braganza, y la cesión de Tánger y Bombay a los ingleses. A cambio, estos prometieron armas y soldados. España, sin embargo, tenía otras preocupaciones más urgentes y no insistió en la reconquista de Portugal, cuya independencia terminó por reconocer en 1668.

Los sucesores de Juan IV emprendieron políticas absolutistas, sobre todo durante el reinado de Juan V, gran admirador del rey francés Luis XIV. La Corona obviaba al Parlamento y empezó otra época de despilfarro, con proyectos como el extravagante monasterio-palacio de Mafra.

Uno de los hombres más reverenciados y temidos de Portugal ayudó a cimentar el poder de la Corona: el marqués de Pombal, primer ministro del epicúreo Dom José I, un monarca más interesado en la ópera que en la política. El marqués, descrito como un déspota ilustrado, llevó Portugal a la era moderna, aplastando toda oposición con una eficiencia brutal.

Pombal creó monopolios estatales, redujo el poder de los comerciantes británicos e impulsó la agricultura y la industria. Abolió la esclavitud y las distinciones entre cristianos viejos y nuevos (judíos conversos), y renovó la educación.

Cuando Lisboa sufrió un devastador terremoto en 1755, Pombal reconstruyó rápidamente la ciudad. Estaba entonces en el apogeo de su poder y se libró de sus principales enemigos implicándolos en un atentado contra la vida del rey.

Hubiera podido seguir en el poder de no haber sido por la llegada al trono de la devota María I en 1777. Pombal, anticlerical profeso, fue rápidamente despedido y acusado de varios delitos, aunque no llegó a pisar la cárcel. Si bien su legislación religiosa fue revocada, gran parte de sus políticas económicas, agrícolas y educativas siguieron vigentes, impulsando al país hacia una nueva prosperidad.

Sin embargo, nuevos disturbios asomaban en el horizonte, con el avance imparable de Napoleón a través de Europa.

Los albores de una república

La invasión francesa desata el caos real

En 1793 Portugal se vio de nuevo en guerra. Se unió a Inglaterra y envió fuerzas navales contra la Francia revolucionaria. Poco después, Napoleón lanzó un ultimátum a los portugueses: o cerraban sus puertos a los barcos británicos o serían invadidos.

Portugal no podía dar la espalda a Gran Bretaña, de quien dependía la mitad de su comercio y la protección de sus rutas marítimas. En 1807 la familia real portuguesa huyó a Brasil (donde permanecería 14 años) y las fuerzas napoleónicas entraron en Lisboa, iniciando la invasión de España y Portugal, que se prolongó hasta 1814.

Arthur Wellesley (más tarde duque de Wellington), el vizconde Beresford y sus curtidas tropas británicas acudieron al rescate y lograron empujar a las tropas francesas al otro lado de la frontera española en 1811.

Libre pero debilitado, Portugal fue administrado por Beresford mientras la realeza lusa se entretenía en Brasil. En 1810 Portugal perdió su provechoso papel de intermediario, otorgando a Gran Bretaña el derecho de comerciar directamente con Brasil. La siguiente humillación se produjo en 1815, cuando Juan proclamó el Reino Unido de Brasil y Portugal. Lo hizo para aportar más riqueza y prestigio a Brasil, país que estaba empezando a amar, y de paso a sí mismo y al resto de la familia real que vivía allí. Cada vez más endeudado y con pésimas condiciones para el comercio, fue uno de los puntos más bajos de la historia del país, reducido prácticamente a colonia de Brasil y protectorado británico.

Mientras tanto, el resentimiento del ejército estaba a punto de estallar. Los oficiales rebeldes convocaron en secreto al Parlamento y elaboraron una nueva Constitución liberal. Basada en los ideales de la Ilustración, abolía muchas prerrogativas de la nobleza y el clero e instituía un Parlamento unicameral.

Ante este hecho consumado, Juan regresó y aceptó sus términos, a pesar de la rotunda oposición de su esposa y su hijo Miguel. El primogénito de Juan, Pedro, tenía otras ideas; se había quedado en Brasil para gobernar el país y al declararse emperador de un Brasil independiente en 1822 desdeñó a los constitucionalistas. A la muerte de Juan en 1826, todo estaba a punto para la guerra civil.

Tras serle ofrecida la corona, Pedro promulgó una nueva Constitución menos liberal y luego abdicó en favor de su hija María, de 7 años, con la condición de que se casara con su tío Miguel y que este aceptara la nueva Constitución. Miguel rompió su juramento, abolió la Carta Magna de Pedro y se proclamó rey. Un lívido Pedro congregó a los igualmente indignados liberales y obligó a Miguel a rendirse en Évoramonte en 1834.

Tras la muerte de Pedro, su hija María, ahora reina de Portugal con solo 15 años, mantuvo viva su llama prestando un apoyo fanático a la Carta Magna de 1826. Los partidarios radicales de la Constitución liberal de 1822 se hicieron fuertes en las dos décadas siguientes y llevaron al país al borde de la guerra civil. Sin embargo, el duque de Saldaña solucionó la situación al negociar un acuerdo de paz que suavizaba la Constitución de Pedro al tiempo que mantenía la modernización radical de las infraestructuras del país.

Una nueva era de esperanza

La segunda mitad del s. XIX fue un período extraordinario para Portugal, y se dio a conocer como una de las sociedades más avanzadas del sur de Europa. Los visitantes que se acercaban a Lisboa, como Hans Christian Andersen, quedaban sorprendidos al hallar avenidas arboladas e iluminadas por farolas de gas, tranvías y residentes bien vestidos. Los avances en lo social eran menos anecdóticos. Las reformas en el sistema educativo de João Arroio duplicaron el número de escuelas para niños y cuadruplicaron el de niñas. Las mujeres obtuvieron el derecho a la propiedad, la esclavitud se abolió en todo el imperio portugués.

Nacieron los gremios, asociaciones profesionales que impulsaron el progreso de ideas en el discurso público e inspiraron el debate tanto en la vida política y religiosa como en el mundo del arte.

Como en el resto de Europa, fue también una época de gran crecimiento industrial, con un espectacular aumento en la producción textil, de la que se exportaba una gran parte. Otras iniciativas significativas fueron la construcción de puentes y una red nacional de carreteras, así como la finalización de grandes obras arquitectónicas como el Palácio Nacional da Pena en Sintra.

Días oscuros y muerte del rey

Sin embargo, hacia 1900 el descontento entre los trabajadores empezaba a crecer. Con el aumento de la mecanización, estos comenzaron a perder sus puestos (los propietarios de algunas fábricas empleaban a niños para que manejaran las máquinas) y se hizo caso omiso a sus exigencias para lograr unas condiciones de trabajo justas. Los que se declaraban en huelga eran despedidos y reemplazados. Al mismo tiempo, Portugal experimentó un gran cambio demográfico: las zonas rurales se despoblaban cada vez más rápidamente en beneficio de las ciudades y la emigración (especialmente hacia Brasil) iba en constante aumento.

Muchas cosas estaban cambiando, y cada vez más personas empezaban a considerar el socialismo como la solución a las desigualdades. Las clases medias y bajas se entregaron a un nacionalismo republicano, caldo de cultivo de un intento de golpe en 1908. La intentona fracasó, pero, al cabo de un mes, Dom Carlos y el príncipe heredero Luis Felipe fueron brutalmente asesinados en Lisboa.

Manuel II, el hijo menor de Carlos, intentó apaciguar a los republicanos, pero sus esfuerzos fueron muy débiles. El 5 de octubre de 1910, tras un levantamiento militar, se declaró la república. Manuel, el Desafortunado, se exilió en Gran Bretaña, donde murió en 1932.

Auge y caída de Salazar

Tras una aplastante victoria en las elecciones de 1911, los republicanos albergaban grandes esperanzas de cambio, pero la coyuntura jugaba en su contra. La economía estaba en un estado calamitoso, un problema agravado por la decisión, desastrosa desde el punto de vista financiero, de unirse a los Aliados en la I Guerra Mundial. En los años de la posguerra, el caos empeoró: los republicanos se dividieron en facciones enzarzadas en rencillas internas, los sindicatos convocaron huelgas y fueron reprimidos, y los militares vieron aumentar su poder.

La nueva república se ganó en poco tiempo la reputación de ser el régimen menos estable de Europa. Entre 1910 y 1926 se produjeron 45 cambios de Gobierno, a menudo consecuencia de alguna intervención militar. En 1926 otro golpe colocó en el poder a caras y nombres nuevos; el más destacado, António de Oliveira Salazar, ex ministro de Economía que iría ascendiendo hasta convertirse en primer ministro en 1932, puesto en el que se mantendría durante los siguientes 36 años.

Salazar instauró el llamado Estado Novo, una república corporativa nacionalista, católica, autoritaria y represiva. Todos los partidos políticos quedaron prohibidos excepto el de la Unión Nacional, partidaria del régimen que ocupaba el poder y la Asamblea Nacional. Se prohibieron las huelgas y la propaganda, y se mantuvo el orden social a base de censura y represión. La nueva, secreta y siniestra Polícia Internacional e de Defesa do Estado (PIDE) sembró el terror y liquidó la oposición por medio de la prisión y la tortura. Varias intentonas golpistas durante la dictadura fracasaron. Para tener un sobrecogedor atisbo de lo que era la vida de un preso político durante esa época, basta con echar una ojeada a la fortaleza de Peniche, del s. XVI, utilizada como cárcel por el dictador.

El único aspecto positivo de su mandato fue la recuperación económica. A lo largo de las décadas de 1950 y 1960, Portugal registró un crecimiento industrial anual de entre un 7 y un 9%.

En el plano internacional, el astuto Salazar jugó con dos barajas, apoyando extraoficialmente la sublevación de Franco en la Guerra Civil española y, pese a la neutralidad oficial, permitiendo a los británicos hacer uso de los aeródromos de las Azores durante la II Guerra Mundial mientras vendía ilegalmente tungsteno a Alemania. Posteriormente se supo que había autorizado el traslado del oro requisado por los nazis a Portugal, 44 t según informes aliados.

Otro sería, sin embargo, el detonante que acabaría finalmente con su poder: la descolonización. Al negarse a renunciar a las colonias, Salazar se vio obligado a asumir una serie de expediciones militares cada vez más costosas y menos populares. En 1961, Goa fue ocupada por la India y los nacionalistas se alzaron en armas en Angola. También aparecieron movimientos guerrilleros en la Guinea Portuguesa y Mozambique.

En cualquier caso, Salazar no tuvo que enfrentarse a las consecuencias. En 1968 sufrió una trombosis cerebral y murió dos años más tarde.

Su sucesor, Marcelo Caetano, fue incapaz de calmar los ánimos. Los oficiales del Ejército que simpatizaban con los independentistas africanos eran cada vez más reticentes a luchar en guerras coloniales; habían visto las terribles condiciones en que vivían las colonias bajo dominio portugués. Varios cientos de oficiales formaron el Movimento das Forças Armadas (MFA), que el 25 de abril de 1974 llevó a cabo un golpe de Estado casi incruento en Lisboa, posteriormente conocido como la Revolución de los Claveles (debido a que los soldados victoriosos llevaban claveles en los cañones de sus fusiles). Los claveles siguen siendo el símbolo nacional de libertad.

De la revolución a la democracia

A pesar de la popularidad del golpe, al año siguiente el país se vio sumido en un caos sin precedentes. Surgió donde había empezado la revolución, en las colonias africanas. Tras la inmediata independencia de Guinea-Bissau, las islas de Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe, así como Mozambique y Angola iniciaron un rápido proceso de descolonización.

No fue una transición fácil: la guerra civil asolaba Angola, y Timor Oriental, recién liberado en 1975, fue invadido por Indonesia. Dentro de Portugal también corrían tiempos revueltos, con la llegada al país de cerca de un millón de refugiados de las colonias africanas.

El país estaba sumido en un desastre económico, con numerosas huelgas y una babel de partidos e ideologías políticas. Los comunistas y un ala radical del MFA lanzaron un movimiento revolucionario, nacionalizando empresas y servicios. Los campesinos se apoderaron de las tierras para establecer granjas comunitarias, que fracasaron por las disputas internas y una mala gestión. Mientras los revolucionarios prevalecían en el sur, el norte conservador estaba dirigido por Mário Soares y su Partido Socialista (PS).

En los primeros días después de Salazar, los gobiernos provisionales radicales creados por los militares fracasaron uno detrás de otro, al igual que el golpe fallido del general António de Spínola en 1975. En 1976 se inició un período de relativa calma, cuando Portugal adoptó una nueva Constitución y celebró sus primeras elecciones parlamentarias. El general António Ramalho Eanes fue elegido presidente el mismo año y contribuyó a orientar el país hacia la democracia. Eligió como primer ministro a Soares, que asumió la responsabilidad de afrontar los enormes retos a los que se enfrentaba Portugal, como la elevada inflación, la alta tasa de desempleo y la caída en picado de los salarios.

El accidentado camino hacia la estabilidad

Portugal se vio pronto comprometido en una mezcla de socialismo y democracia, con un presidente con amplios poderes, una Asamblea electa y un Consejo de la Revolución para controlar al Ejército.

El Gobierno minoritario de Mário Soares empezó a tambalearse, lo que dio pie a una serie de asaltos al poder por parte de coaliciones y candidatos no partidistas, incluida la primera mujer en acceder al cargo de primera ministra de Portugal, Maria de Lourdes Pintasilgo. En las elecciones legislativas de 1980 una nueva fuerza política tomó las riendas: la conservadora Aliança Democrática (AD) dirigida por Francisco Sá Carneiro.

Tras el fallecimiento casi inmediato de Carneiro en un accidente aéreo, Francisco Pinto Balsemão ocupó su lugar e impulsó el plan de entrar en la Unión Europea.

Un nuevo Gobierno de coalición dirigido por Soares y Balsemão puso en marcha un estricto programa de modernización económica, en parte para contentar a la UE y al Fondo Monetario Internacional (FMI). Como era de esperar, los portugueses no se apretaron el cinturón con agrado. Las críticas más virulentas procedieron de los aliados derechistas de Soares, el Partido Social Demócrata (PSD) dirigido por Aníbal Cavaco Silva. Los sindicatos comunistas también convocaron huelgas y la aparición del terrorismo urbano de las Forças Populares de 25 Abril (FP-25) agravó el malestar.

En 1986, tras nueve años de negociaciones, Portugal entró en la UE. Eufórico por los fondos concedidos, sobrepasó a sus vecinos con un crecimiento económico sin precedentes. Esa nueva liquidez confirió el poder necesario al primer ministro Cavaco Silva para continuar con sus radicales planes económicas. Estas incluyeron unos cambios en el derecho laboral que desencantaron a muchos trabajadores; en la década de 1980 el país se paralizó por unas huelgas (incluida una de un millón y medio de trabajadores) que resultaron en vano. Finalmente se aprobó la controvertida legislación.

Pero el crecimiento económico no duraría. En 1992 cayeron las barreras del comercio en la CE y, de repente, Portugal tuvo que hacer frente a nuevos competidores. Las fortunas menguaron conforme la recesión se iba afianzando y la desilusión aumentó cuando el mercado único europeo dejó en evidencia el atraso del sector agrario portugués.

Huelgas, acusaciones de corrupción y manifestaciones estudiantiles contra la subida de matrículas minaron aún más al PSD y condujeron a la dimisión de Cavaco Silva en 1995. Las elecciones generales de aquel año llevaron al poder a nuevas caras, con el socialista António Guterres al frente. A pesar de las esperanzas depositadas en una administración diferente y menos conservadora, nada cambió y Guterres mantuvo el rigor presupuestario que permitió la entrada de Portugal en la Unión Económica y Monetaria Europea (UEME) en 1998. De hecho, durante un tiempo, Portugal fue miembro ejemplar de la UEME, con un intenso crecimiento económico que permitió a Guterres un segundo mandato. Pero los escándalos de corrupción, la creciente inflación y una economía vacilante pronto condujeron al desastre. A comienzos del s. XXI entró en un estancamiento económico. Los 10 años siguientes fueron duros para la economía portuguesa, que vio cómo su PIB apenas crecía o incluso decrecía, y cómo la tasa de paro aumentaba sin parar. Al igual que el resto de Europa, Portugal lo pasó mal durante la crisis financiera mundial. Los últimatums del órgano ejecutivo de la UE para contener la deuda (y evitar un colapso como el de Grecia) obligaron a tomar impopulares medidas de austeridad (reforma de las pensiones, subida de impuestos, congelación de la contratación en el sector público) que provocaron protestas y huelgas.

Tiempos difíciles

La economía de Portugal no era especialmente fuerte en los años previos a la crisis económica, lo que agravó sus consecuencias. Metida en el mismo saco que otros países con dificultades económicas de la zona euro conocidos colectivamente como PIIGS (acrónimo en inglés de Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España), Portugal, con graves problemas financieros, aceptó un rescate de la UE de 78 000 millones de euros en el 2011. Los jóvenes han soportado la mayor parte de la carga tras la crisis, con una tasa de desempleo superior al 40% entre los trabajadores menores de 25 años, sin contar los subempleados y los que subsisten con salarios ínfimos.

El rescate de la UE llegó con la condición de que Portugal rebajara su déficit presupuestario reduciendo el gasto y aumentando los ingresos fiscales. Las medidas de austeridad se sucedieron y la población se echó a la calle para protestar contra las subidas de impuestos y los recortes en pensiones y prestaciones en un contexto de desempleo récord. Las huelgas generales y las manifestaciones masivas aumentaron, la mayor de ellas en el 2013 con la participación de un millón y medio de personas en todo el país, cifra asombrosa dado el pequeño tamaño de Portugal. Los trabajadores de los sectores más afectados por la política del Gobierno (como educación, salud y transporte) se unieron a los desempleados y los pensionistas en las mayores manifestaciones populares desde la Revolución de los Claveles en 1974.

A pesar del rescate, Portugal siguió sumido en la mayor recesión desde los años setenta. Cada día, los portugueses hacían frente a titulares deprimentes que anunciaban congelaciones del gasto público, recortes sanitarios, la supresión de las comidas gratuitas en las escuelas, la limitación de las patrullas policiales o el aumento de los suicidios, entre otras cuestiones. Los pensionistas, que cobraban unos 200 € mensuales, tenían dificultadas para comer sin la ayuda económica de sus familiares y la pobreza y el hambre afectaban a millones de personas; según TNS Global, aproximadamente tres de cada cuatro personas tenían dificultades para llegar a fin de mes en Portugal.

Lo que empezó siendo una crisis económica se convirtió pronto en una crisis política a medida que los sucesivos ministros del Gobierno fracasaban en su intento de atajar problemas cada vez más graves. La ira crecía en las calles y la población reclamaba la dimisión del primer ministro Pedro Passos Coelho. De hecho, su mandato terminó abruptamente en el 2015, cuando un nuevo Gobierno de izquierdas asumió el poder.

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