Historia de Cerdeña

A caballo entre Europa y África, su estratégica posición y ricas reservas de minerales han atraído hasta sus costas a oleadas de pueblos, y sus accidentadas e impenetrables montañas han dado abrigo tanto a hombres de la Edad de Piedra como a bandoleros del s. XIX. Gracias a cierta altivez introspectiva y a su espíritu nostálgico, los sardos no han permitido que el tiempo y los elementos borren los vestigios de su pasado, desde tumbas y torres hasta fuertes e iglesias.

Misterios de la Antigüedad

Paleolítico y Neolítico

La llegada y origen de los primeros isleños han intrigado durante siglos a los investigadores. La hipótesis más probable es que desembarcaran al norte de la isla durante el Paleolítico inferior (primera etapa de la Edad de Piedra). Tras el hallazgo de herramientas en Perfugas en 1979, los arqueólogos conjeturaron la presencia de homínidos primitivos llegados de la península italiana ya en el 35 000 a.C. Se cree que provenían de lo que hoy es la Toscana, aunque es probable que otros procedieran del norte de África y de la actual península ibérica, a través de las islas Baleares. Se ha intentado resolver el rompecabezas con el curioso ADN de la isla; en ciertas partes del interior una particular mutación genética se halla en concentraciones solo presentes en Escandinavia, Bosnia y Herzegovina y Croacia. No obstante, los estudios no han disipado las dudas de los expertos.

Al margen de su procedencia, a los primeros moradores les gustó lo que hallaron, ya que hacia el Neolítico (8000-3000 a.C.) ya existían en Cerdeña prósperas comunidades tribales. Probablemente la isla era un entorno ideal para la sociedad neolítica estándar: tupidos bosques repletos de animales, cuevas donde cobijarse y una tierra apta para el pastoreo y el cultivo. El subsuelo contenía ricas vetas de obsidiana, piedra volcánica negra utilizada para fabricar herramientas y puntas de flecha. Este oro negro se convirtió en la materia prima más codiciada del Mediterráneo (se han hallado fragmentos de obsidiana sarda incluso en Francia).

La mayoría de lo que se sabe de este período, conocido como cultura de Ozieri (o San Michele), proviene de los restos hallados en cuevas cercanas a Ozieri y del valle de Lanaittu. Los trozos de cerámica, herramientas y lingotes de cobre evidencian conocimiento de las técnicas de fundición así como una conciencia artística; mientras que las primeras domus de janas (tumbas excavadas en la roca; literalmente “casas de hadas”) sugieren complejos rituales funerarios. Los menhires y las antiguas tumbas de roca siguen en pie.

El enclave funerario de Pranu Muttedu, en la llanura central de Sarcidano, ofrece una visión más profunda de la cultura Ozieri, con domus de janas esparcidas por la zona y una cincuentena de menhires. Otra maravilla megalítica es Biru ‘e Concas, en el Mandrolisai, que, con sus 200 ejemplares, es uno de los mayores conjuntos de menhires de la isla; aproximadamente 30 de ellos están alineados de este a oeste, posiblemente como representación simbólica de la trayectoria del Sol.

La civilización nurágica

Un milenio después de la cultura Ozieri llegó el pueblo nurágico, cuyos 7000 nuraghi (torres y asentamientos fortificados de la Edad del Bronce) se reparten por la isla como piezas de un puzle difícil de resolver. Según los arqueólogos, esto solo es la punta del iceberg: se estima que por lo menos hay la misma cantidad de nuraghi bajo tierra. La mayoría de los nuraghi se construyó entre los años 1800 y 500 a.C. Estos asentamientos fortificados de la Edad del Bronce se usaban como atalayas, zonas sagradas para ritos religiosos y lugares de encuentro, y aportan algunas de las escasas revelaciones sobre la civilización nurágica.

El descubrimiento de cerámica micénica en Cerdeña y nurágica en Creta indica un incipiente comercio de enseres domésticos y el contacto con otras culturas. Prueba de las prácticas religiosas paganas son los pozzi sacri (pozos sagrados). Construidos hacia el 1000 a.C., servían para captar la luz en los equinoccios anuales, lo que apunta a una religión naturalista; el templo de Santa Cristina es un magnífico ejemplo.

Pero quizá la información más reveladora sobre la cultura nurágica la aportan los bronzetti (figuritas de bronce) que llenan numerosos museos arqueológicos de la isla, sobre todo los de Cagliari y Sassari. Según los expertos, estas primitivas representaciones de reyes pastores, guerreros, granjeros y marineros eran utilizadas como ofrendas en los templos.

Una cosa es cierta: los misteriosos e insondables nuraghi apuntan a una civilización muy culta. Los nurágicos eran sofisticados albañiles, pues levantaban templos con piedras cortadas con precisión y sin argamasa; también eran viajeros y comerciantes (como demuestra el hallazgo de restos de focas y cáscaras de mejillones lejos de la costa) y además tuvieron el tiempo, la pericia y los recursos para construir pueblos y cultivar artes como la cerámica y la joyería.

Los dueños del Mediterráneo

Fenicios

La posición estratégica de Cerdeña, sus ricos recursos naturales (plata y plomo) y las fértiles tierras convirtieron la isla en objetivo de las grandes potencias del Mediterráneo.

Los primeros en entrar en escena fueron los emprendedores fenicios, llegados del actual Líbano. Expertos marineros, estaban interesados en Cerdeña como puerto de escala. Tenían colonias en Sicilia, Malta, Chipre y Córcega, por lo cual Cerdeña era una etapa obvia. La fecha exacta de su llegada es incierta, aunque inscripciones semitas indican que fenicios asentados en España pudieron establecerse en Nora, en la costa sur de la isla, ya en el 1100 a.C.

Al principio vivieron en relativa armonía con el pueblo nurágico local, y se instalaron en asentamientos costeros como Karalis (Cagliari), Bithia (cerca de la actual Chia), Sulci (actual Sant’Antioco), Tharros y Bosa. Sin embargo, cuando se adentraron en la isla y se hicieron con el control de las lucrativas minas de plata y plomo del suroeste, los nativos se sintieron agraviados. Tras sucesivos enfrentamientos, en el 650 a.C., los fenicios construyeron su primera fortaleza interior en el monte Sirai, una sabia medida ya que los orgullosos pueblos locales atacarían varias de sus bases en el 509 a.C.

Acorralados, los fenicios pidieron ayuda a los cartagineses, que se unieron a ellos para conquistar casi toda la isla; pero no toda. Como muy a su pesar comprobarían los cartagineses y los romanos, la correosa zona montañosa hoy conocida como la Barbagia resultaba extremadamente difícil de controlar.

Contra el telón de fondo del resplandeciente Mediterráneo, los restos arqueológicos del imponente puerto fenicio de Tharros, fundado en el 730 a.C., son uno de los puntos de interés más deslumbrantes de Cerdeña. Hay más vestigios fenicios en el centro histórico de Sant’Antioco, repleto de necrópolis y con un tophet (santuario donde fenicios y cartagineses enterraban a los bebés que nacían muertos). El monti Sirai, cerca de Carbonia, también permite vislumbrar el pasado de la isla con un fuerte fenicio en ruinas construido el 650 a.C.

Cartagineses y romanos

Más que los fenicios, fueron los cartagineses los que primero situaron la isla de Cerdeña entre las disputas territoriales del Mediterráneo. Hacia el s. VI a.C., los cartagineses del norte de África desafiaban el dominio griego del mar; por eso, cuando los griegos establecieron una base en Córcega, los cartagineses se apresuraron a aceptar la solicitud fenicia de ayuda para someter a los rebeldes isleños. Era la invitación que necesitaban para tomar el control de la isla y potenciar sus defensas contra la creciente amenaza de Roma.

La ambiciosa República romana se enfrentaba a dos obstáculos principales en su deseo por controlar el sur del Mare Nostrum: griegos y cartagineses. Tras derrotar a los primeros en el 241 a.C., su atención se desvió hacia Cerdeña, bajo dominio cartaginés.

Los romanos llegaron a la isla fortalecidos por la victoria sobre Cartago en la I Guerra Púnica (264-241 a.C.), pero si los legionarios creían que su toma iba a ser un paseo militar, se equivocaron. La nueva unión entre los pueblos locales y sus antiguos enemigos cartagineses no les brindó una cálida acogida. Los romanos no cesaban de combatir a los insurgentes, sobre todo en la montañosa zona del Gennargentu, que apodaron Barbaria, una alusión al tenaz carácter de los pastores de la región.

En el 215 a.C., miembros de tribus sardas al mando de su jefe Ampsicora aunaron fuerzas con los cartagineses en la II Guerra Púnica, alzándose contra sus señores romanos. No obstante, fue una rebelión fugaz y al año siguiente los insurrectos fueron aplastados en la segunda batalla de Cornus.

Una vez obtenido el control, los romanos comenzaron a moldear la isla a su gusto. A pesar de la malaria endémica y el hostigamiento frecuente de los nativos, ampliaron las ciudades cartaginesas, construyeron una red de carreteras y organizaron un eficaz sistema agrícola. También redujeron sensiblemente la población de la isla: en el 177 a.C. murieron unos 12 000 sardos y hasta 50 000 fueron enviados a Roma como esclavos. Muchas familias nobles lograron sobrevivir, obteniendo la ciudadanía romana y aprendiendo latín, pero en general la isla siguió siendo un territorio sometido, subdesarrollado y sobreexplotado.

Ataques y resistencia: Cerdeña medieval

Pisa contra Génova

Hacia el s. IX los árabes emergían como la nueva fuerza del Mediterráneo. Habían conquistado gran parte de España, el norte de África y Sicilia, y se proponían continuar con su expansión. Por sus ricos recursos naturales y la ausencia de gobernantes bizantinos, Cerdeña era un objetivo tentador, y no dejó de ser atacado durante los ss. IX y X. Sin embargo, a la par que decrecía el poder árabe a comienzos del s. XI, aumentó la ambición de los cristianos, y en el 1015 el papa Benedicto VIII solicitó ayuda a las repúblicas de Pisa y Génova para defender Cerdeña del enemigo islámico común. Los ambiciosos príncipes de Pisa y Génova no tardaron en ver en ello una gran oportunidad.

En esa época, Cerdeña se dividió en cuatro giudicati (provincias) autónomas, pese a lo cual, durante gran parte del período comprendido entre los ss. XI y XIV, la isla fue escenario de contiendas entre rivales peninsulares. Inicialmente los pisanos controlaban el norte, mientras que los genoveses tenían el favor del sur, en especial en torno a Cagliari, aunque su influencia se sentía también en Porto Torres, y los giudicati intercambiaban lealtades con suma rapidez. A pesar de semejante contexto de intrigas y rivalidades, este período fue curiosamente próspero. La isla absorbió las convenciones culturales de la Europa medieval y los grandes monasterios se encargaron de que los isleños recibieran el mensaje católico. Al noroeste, las iglesias de basalto pisano-románicas del Logudoro constituyen todavía un impresionante legado de aquel período.

Espíritu de lucha y conquistadores aragoneses

Conocida como la Boudicca o la Juana de Arco sarda, Leonor de Arborea (1340-1404) fue el talismán de la historia medieval de Cerdeña y encarna el espíritu de lucha de sus gentes, que todavía la recuerdan hoy como su soberana más influyente por su prudencia, moderación y progresismo.

Reina del Giudicato d’Arborea, uno de los cuatro giudicati en que se había dividido la isla (los otros eran Cagliari, el Logudoro o Torres al noroeste y la Gallura al noreste), Leonor se convirtió en símbolo de la resistencia sarda por su implacable oposición a los pisanos, genoveses y aragoneses.

A finales del s. XIII Arborea era el único giudicati que no estaba en manos de pisanos y genoveses; más bien al contrario, sus habitantes no transigieron y llegaron a incrementar su área de influencia. En pleno apogeo del reinado de Mariano IV (1329-1376) y Leonor, su territorio comprendía las actuales provincias de Oristano y Medio Campidano, así como gran parte de la montañosa Barbagia.

Inicialmente, Arborea respaldó a los aragoneses en su conquista de Cagliari e Iglesias, pero al percibir las ambiciones de sus aliados, les retiró su apoyo. Leonor fue nombrada giudicessa de Arborea en 1383, tras el asesinato de su corrupto hermano Hugo III y la hija de este. Con enemigos dentro y fuera (su marido estaba preso en Aragón), acalló a los rebeldes y durante 20 años luchó por mantener la independencia de Arborea de los aragoneses. Hasta 1404, cuando su muerte propició la derrota. En 1409 los sardos cayeron en la batalla de Sanluri, en 1410 fue el turno de Oristano, y en 1420 los agotados gobernantes del giudicati acabaron por ceder y vender sus provincias a la Corona de Aragón.

España y los Saboya

Invasores aragoneses

La presencia hispana en Cerdeña se remonta a comienzos del s. XIV En 1297, el papa Bonifacio VIII creó el Regnum Sardiniae e Corsicae (Reino de Cerdeña y Córcega) y lo cedió a los aragoneses a modo de incentivo para que estos renunciaran a sus reivindicaciones sobre Sicilia. Sin embargo, el reino solo existía sobre el papel y los aragoneses tuvieron que luchar para arrancar el control de la isla a sus tercos habitantes. En 1323 los aragoneses invadieron la costa suroeste, primer acto de un período que duraría unos 400 años.

Bajo el dominio aragonés primero y español después, la tremendamente pobre población sarda se vio en gran medida abandonada a su suerte, oprimida por los impuestos, en un territorio aún subdesarrollado. Sin embargo, durante la segunda mitad del s. XVII el poder español disminuyó y la muerte sin descendencia del último soberano Habsburgo de España, Carlos II, en 1700, dejó a Cerdeña a merced del mejor postor.

Los Habsburgo y los piamonteses

La muerte de Carlos II desencadenó la Guerra de Sucesión Española, que enfrentó al ejército del Sacro Imperio, partidario de los Habsburgo, contra las facciones francesas, que apoyaban a los Borbones, en una batalla por las posesiones hispanas. En 1708 las fuerzas austríacas ocuparon Cerdeña apoyadas por buques de guerra ingleses, a lo que siguió un período de intensa actividad política, en el que la isla pasó varias veces de austríacos a españoles antes de acabar finalmente en manos del Ducado de Saboya.

La dominación piamontesa (desde 1720 hasta la unificación italiana de 1861) tampoco fue un lecho de rosas, pero, a diferencia de los Borbones, los Saboya sí visitaban las zonas que gobernaban. En la isla mandaba un virrey que, en general, consiguió mantener el control del territorio.

En 1847 el estatus de la isla como entidad separada gobernada por un virrey tocó a su fin. Alentada por reformas aprobadas en los territorios continentales de los Saboya, una delegación solicitó la “perfecta unión” del Reino de Cerdeña y Piamonte con la esperanza de un gobierno más equitativo; la petición fue concedida. Al mismo tiempo, los acontecimientos se sucedían a gran velocidad en otras zonas de la península Italiana. Una serie de audaces campañas militares lideradas por Giuseppe Garibaldi e impulsadas por el rey Carlos Manuel propiciaron la anexión de Cerdeña a la península, creándose el Reino de Italia en 1861.

En ningún lugar es tan palpable la influencia española como en Alghero, que cayó en manos de los aragoneses en 1353, tras 30 años de resistencia. Hoy todavía se habla allí catalán, y la señalización en sus calles y cartas de los restaurantes suele estar también en ese idioma.

Tesoros enterrados

Años álgidos

Aunque casi extinta, la industria minera ha desempeñado un papel significativo en la historia de la isla. El suroeste está repleto de pozos vacíos y minas abandonadas como vestigios de un sector antaño en auge.

Las ricas reservas minerales de Cerdeña ya se explotaban en el vi milenio a.C., y la obsidiana fue una importante fuente de ingresos para las primeras comunidades. Con posterioridad, los romanos y pisanos explotaron las ricas vetas de plomo y plata de las regiones de Iglesias y Sarrabus.

Pero no fue hasta mediados del s. XIX cuando la minería sarda despegó con fuerza. En 1840 una ley otorgaba al Estado (con los Saboya en el poder) el control de los recursos del subsuelo, al tiempo que permitía que la tierra siguiera en manos privadas. Esto, combinado con la creciente demanda de materias primas por la expansión industrial europea, provocó un boom minero en la isla.

A finales de la década de 1860 existían 467 minas de plomo, hierro y zinc, y en su mejor momento Cócega llegó a producir hasta el 10% del zinc mundial.

La inversión interior tuvo efectos indirectos, entre ellos el nacimiento de nuevas ciudades, la introducción de la electricidad y la construcción de escuelas y hospitales, y todo ello fue posible gracias a los ingresos de la minería.

Sin embargo, a pesar de la mejora de condiciones materiales, la vida de los mineros era muy difícil y las revueltas obreras, algo habitual (p. ej., las huelgas en el suroeste, en Montevecchio, de 1903, y un año más tarde en Buggerru). El floreciente movimiento socialista tras la I Guerra Mundial intentó politizar a los mineros sardos, aunque sin mucho éxito.

Fascismo y fracaso

Tras la recesión mundial desencadenada por el desplome de Wall Street en 1929, la industria minera de Cerdeña experimentó cierto auge con la llegada al poder de los fascistas. La producción se incrementó en Montevecchio y el carbón de Sulcis registró su máxima productividad. En 1938 se levantó la ciudad de Carbonia, al suroeste de la isla, para alojar a los trabajadores de las explotaciones de carbón de Sirai-Serbariu.

La minería mantuvo su importancia durante el boom italiano que siguió a la II Guerra Mundial, pero la demanda pronto empezó a decaer. Las inyecciones regulares de fondos públicos no lograron detener su declive, agravado por los elevados costes de producción, la pobre calidad de los minerales y la caída del precio de los metales. Uno a uno cerraron los pozos y, desde el 2008, la única mina operativa que queda en Cerdeña es Nuraxi Figus, cerca de Carbonia.

Valor, bandoleros e identidad

Héroes de la I Guerra Mundial

El espíritu recio de Cerdeña tuvo reconocimiento a comienzos del s. XX. La contribución de la isla a las campañas de Italia en la I Guerra Mundial es legendaria. En 1915 se formó la Brigata Sassari, destinada al noreste de los Alpes. Este regimiento, compuesto exclusivamente por soldados sardos, no tardó en destacar en la cruel guerra de trincheras. Se calcula que Cerdeña perdió en dicho frente más jóvenes per cápita que cualquier otra región italiana, y la Brigata fue condecorada con cuatro medallas de oro.

Tierra de secuestros

Un capítulo menos edificante es la tradición bandolera de la isla, que a finales del s. XIX y comienzos del s. XX afectaba ya a todo su territorio, sobre todo en la provincia de Sassari.

En Orgosolo, ciudad conocida como semillero de delincuencia en lo más profundo de la región montañosa de la Barbagia, todavía en la década de 1990 había bandas de secuestradores. Un ejemplo: de las 621 personas que fueron raptadas en Italia entre 1960 y 1992, 178 casos se dieron en Cerdeña. Sin embargo, Orgosolo ha dejado atrás aquel oscuro capítulo de su pasado y hoy la ciudad es un gran lienzo de murales cargados de mensaje político.

Despertar político

La I Guerra Mundial fue decisiva para Cerdeña, no solo por la pérdida de vidas humanas y horrores soportados, sino también en su despertar político. Cuando los soldados sardos regresaron del frente en 1918 ya no eran granjeros analfabetos, sino una fuerza con conciencia política. Muchos comenzaron a militar en el nuevo Partito Sardo d’Azione (PSd’Az), fundado en Oristano en 1921 por Emilio Lussu y otros veteranos de la Brigata Sassari.

Su objetivo político era la autonomía administrativa, haciendo suyo el creciente sentimiento de identidad regional que se extendía por toda la isla. Esto llevó a muchos a comenzar a considerar Cerdeña una región con cultura, proyectos e identidad propios.

Pero esta aspiración autonómica solo era una más de las piedras angulares del manifiesto político del partido. También estaban los temas sociales (llamamiento a la justicia y al desarrollo de cooperativas agrícolas) y una ideología de libre mercado (necesidad de liberalismo económico y supresión del proteccionismo estatal), todo lo cual creó una especie de marca de pensamiento socialdemócrata sardo.

Incomunicación hacia la autonomía

La II Guerra Mundial dejó destrozada Cerdeña. Aunque no llegó a ser invadida, en 1943 los bombardeos aéreos aliados arrasaron tres cuartas partes de Cagliari. Además, y peor aún, la guerra dejó incomunicada la isla. El ferri entre el continente y Olbia fue suprimido y no volvió a operar de forma regular hasta 1947. Como consecuencia de la agitación política que sacudió Italia al final de la contienda (en un referéndum de 1946 la nación votó a favor de abolir la monarquía y proclamar la república), Cerdeña obtuvo su autonomía en 1948.

Sol, mar e impulso del turismo

Hasta la erradicación de la malaria a mediados del s. XX, los visitantes eran escasos. D. H. Lawrence paseó su hosquedad por la isla en 1921, y sus palabras dibujan un deprimente panorama de pobreza y aislamiento. Si regresara hoy, vería un lugar muy diferente. La pobreza aún existe, sobre todo en las zonas rurales del interior, y el paro sigue siendo un grave problema (en el 2016 era del 15,9%), pero, a pesar de todo, la isla ha cambiado muchísimo.

Antes de que el Aga Khan ‘descubriera’ la Costa Smeralda a finales de la década de 1950 y la impulsara junto con un consorcio de derrochadores internacionales durante los años sesenta, la costa noreste de la Gallura era una región rocosa y aislada, apenas capaz de mantener a unos pocos pastores. Ahora la Costa Smeralda es uno de los destinos más selectos del mundo; y sus playas son el patio de recreo de oligarcas rusos, celebridades, supermodelos y demás VIP, como el ex director deportivo de Fórmula Uno Flavio Briatore.

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