Cataluña en 20 días

Cataluña es relativamente pequeña, pero sorprende por su diversidad paisajística. De las planicies del Delta del Ebro a los agrestes Pirineos, de la plácida Costa Daurada a la salvaje Costa Brava, de la cosmopolita Barcelona a los pueblos de aire medieval de la Cataluña interior, recorrer este territorio permite descubrir rincones de gran personalidad, mil y una gastronomías distintas y una cultura colectiva que se antoja complejísima al poner el foco en cualquiera de sus múltiples manifestaciones. 

Se puede planificar una ruta de 20 días tomando como punto de partida Sant Carles de la Ràpita, en el extremo meridional de Cataluña, pasando luego por el Parc Natural del Delta de l’Ebre, la mayor zona húmeda del país, con grandes extensiones de arrozales, luego continuar hasta Cambrils, capital gastronómica de la Costa Daurada, con largas playas de fina arena, y llegar a Tarragona, ciudad donde conviven en perfecta armonía la antigua Tarraco romana, cuya huella es fácil de seguir, la ciudad medieval que rodea la catedral, una urbe moderna desarrollada en el s. XX y que tiene en la Rambla Nova su eje principal, y el antiguo barrio de pescadores del Serrallo. 

La siguiente parada es Sitges, conocido destino gay internacional con una muestra única del Noucentisme y el Modernismo catalán, y después se continúa hasta Barcelona, una de las grandes capitales del Mediterráneo, que ofrece cultura, placer y diversión a partes iguales, con rincones tan especiales como la Sagrada Família, el Park Güell, la Plaça del Rei, la basílica de Santa Maria del Mar o el Museu Picasso.

Tras una parada en la capital catalana, hay que enfilar hacia Vic, cuya tradición en la elaboración de embutidos, especialmente el fuet, es legendaria, continuar hacia Caldes de Malavella, localidad balnearia donde es imprescindible agasajarse con un baño termal, y luego seguir hasta Sant Feliu de Guíxols, ya en plena Costa Brava, con una oferta cultural veraniega única, y Palamós, cuya lonja de pescado y excelentes restaurantes de cocina marinera atraen a curiosos y gourmets por igual. Se continúa hasta la monumental Girona, capaz de mostrar mil caras distintas, ya sea en su histórica judería, en la música de jazz que se oye en muchos bares o en la tranquilidad del Parc de la Devesa, y se sigue la ruta hacia Figueres, ciudad íntimamente relacionada con el universal Salvador Dalí y base perfecta para descubrir los pueblos del Alt Empordà. Dirigiéndose al oeste, y tras cruzar la espectacular Besalú, se llega a Olot, la única localidad que cuenta en su núcleo urbano con un volcán y en cuyos alrededores puede visitarse el paraje de la Fageda d’en Jordà, que parece escapado de un cuento de hadas, y se continúa hacia Ripoll, puerta de entrada a los Pirineos, y La Seu d’Urgell, donde vale la pena probar algún queso típico de alta montaña.

Luego hay que seguir hacia el Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, con majestuosos paisajes y una rica flora y fauna, pasar por el valle de Arán, cruzar el túnel de Vielha y llegar a la Vall de Boí, que conserva las mejores iglesias románicas de Cataluña, en especial en los pueblos de Erill la Vall, Boí y Taüll. La ruta sigue hacia el sur, pasando por la sierra del Montsec y Balaguer, villa con la plaza porticada más grande de Cataluña, hasta llegar a Lleida, ciudad célebre por sus caracoles y dominada por la imponente silueta de la Seu Vella. Las dos últimas citas de esta ruta son Montblanc, con el recinto amurallado mejor conservado del país y base ideal para recorrer la conocida Ruta del Císter, y Valls, considerada la capital castellera del país; si es posible, vale la pena hacer coincidir la visita con una exhibición de castells, esas torres humanas de varios pisos que han encandilado al mundo entero.

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