Historia de China

El colosal recorrido de la historia de China puede sugerir que el país ha disfrutado de largos períodos de paz ocasionalmente sacudidos por una repentina ruptura, una división interna o un ataque exterior; sin embargo, gran parte de su historia se ha caracterizado por los conflictos, ya fueran internos o con forasteros. Aunque las dimensiones y la forma de China han ido cambiando continuamente desde sus modestos inicios en el río Amarillo (Huáng Hé) hasta el subcontinente actual, existe un hilo histórico ininterrumpido que abarca desde sus primitivas raíces hasta el pleno desarrollo de la civilización china.

De los huesos oraculares a Confucio

La primera dinastía “china”, la de los Shang, fue considerada espuria durante mucho tiempo. Sin embargo, algunos testimonios arqueológicos como los huesos de ganado y los caparazones de tortuga de Hénán, cubiertos de misteriosas rayas y reconocidos por un experto como una forma primitiva de escritura china, evidencian que desde alrededor del año 1766 a.C. se desarrolló en China central una sociedad llamada Shang. Aunque la zona que dominaban era pequeña, tal vez de 200 km de amplitud, los historiadores chinos sostienen que los Shang fueron la primera dinastía china. Aplicando la escritura a los “huesos oraculares”, esta dinastía dejó improntas de su relación con la civilización china actual.

En algún momento entre el 1050 y el 1045 a.C., un grupo limítrofe conocido como los Zhou conquistó el territorio de los Shang. Los Zhou fueron uno de los numerosos estados que compitieron por el poder en los siglos sucesivos, aunque los desarrollos de este período dieron lugar a algunas de las fuentes esenciales de la cultura china que perduran hasta la actualidad. Una constante del I milenio a.C. fueron los conflictos, en especial durante los períodos denominados “Primaveras y otoños” (722-481 a.C.) y “Reinos combatientes” (475-221 a.C.).

El mundo chino en el s. V a.C. fue productivo tanto bélica como intelectualmente, de forma similar a lo sucedido en la antigua Grecia en la misma época. De este caos surgió Confucio (551-479 a.C.), que elaboró un sistema de pensamiento y una ética en los que se basaron la cultura china durante 2500 años. Confucio dio lecciones de conducta personal y gobernabilidad, además de abogar por una sociedad ordenada y ética que obedeciera las jerarquías y los rituales. El deseo de Confucio de un mundo ordenado y ético estaba a años luz del belicismo de su época.

Primeros imperios

El período de los Reinos combatientes terminó de forma concluyente en el 221 a.C. El reino Qin conquistó otros estados en el centro de China, y Qin Shi Huang se proclamó emperador. Qin Shi Huang, el primero de una serie de gobiernos dinásticos que se prolongaría hasta 1912, fue retratado por la historia posterior como un ser especialmente cruel y tiránico, pero tal mérito es dudoso, pues la dinastía Han (206 a.C.-220 d.C.) que lo sucedió adoptó muchas de sus prácticas de gobierno. Qin Shi Huang supervisó importantes proyectos públicos, incluidas unas murallas construidas por 300 000 hombres con las que conectó los baluartes precursores de la futura Gran Muralla. También unificó la moneda, el sistema de medidas y la lengua escrita, con lo que sentó las bases para un Estado unificado.

Inaugurando una tendencia que se repetiría en toda la historia china, un campesino llamado Liu Bang (256-195 a.C.) se sublevó y conquistó el país para fundar la dinastía Han. Esta dinastía fue tan importante que el nombre hàn ( ) todavía designa a la etnia china y su lengua (汉语; Hànyǔ; “lengua de los han”). El emperador Wu (140-187 a.C.) fue decisivo en la centralización del poder. Institucionalizó las normas confucianas en el gobierno, promovió tanto la virtud como el orden y fue el primer soberano en ensayar los exámenes como medio de acceder a la administración, pero su dinastía estuvo plagada de problemas económicos debido a la extensión de los dominios de los terratenientes. De hecho, el tema de la propiedad de las tierras ha sido otra constante en toda la historia china hasta la actualidad. Los frecuentes problemas económicos y la incapacidad de controlar un imperio en expansión, unidos al malestar social y a un levantamiento de los taoístas (llamados los Turbantes Amarillos) provocaron el desmoronamiento y la caída de los Han. Las turbulencias fueron constantes en las dinastías chinas siguientes.

El comercio de los Han en la Ruta de la Seda evidenció que China era fundamentalmente una potencia euroasiática en sus relaciones con los pueblos vecinos. En el norte, su mayor amenaza fueron los xiongnu (nombre que designaba a varias tribus nómadas de Asia Central). También se establecieron relaciones diplomáticas con las tribus de Asia Central y el gran explorador chino Zhang Qian facilitó información a las autoridades sobre las ventajas del comercio y las alianzas en el norte de la India. En aquel período, la influencia china penetró en zonas que más tarde se conocerían como Vietnam y Corea.

Vuelta a la división

Entre principios del s. III y finales del VI, el norte de China fue testigo de una sucesión de reinos hostiles que competían por el poder y de una fuerte división surgida entre el norte y el sur. Disgregado por la guerra, el norte sucumbió a un gobierno no chino pero muy eficaz, la dinastía Wei (386-534), fundada por los tuoba, un pueblo del norte que adoptó el budismo y dejó tras de sí algunas de las mejores muestras de arte budista chino, como las famosas cuevas de Dūnhuáng. Tras una serie de regímenes rivales, el noble Yang Jian (m. 604) reunificó China bajo la fugaz dinastía Sui (581-618). Su hijo Sui Yangdi contribuyó enormemente a la unificación gracias a la construcción del Gran Canal, que más tarde se amplió y fue la vía de comunicación más importante entre el sur y el norte de China hasta finales del s. xix. Tras instigar tres incursiones fallidas en territorio coreano que le supusieron duros reveses militares, Sui Yangdi se enfrentó a una sublevación y en 618 fue asesinado por uno de sus altos mandos militares.

Tang: una mirada a Occidente

El gobierno de los Tang (618-907) fue un período de apertura en el que China adoptó la cultura de sus vecinos (los matrimonios con pueblos centroasiáticos o los trajes de influencias hindúes evidenciaban el impulso cosmopolita de la época) y de las naciones lejanas que llegaban por la Ruta de la Seda. Los chinos recuerdan con nostalgia la época de los Tang como su cenit cultural, y los barrios chinos de todo el mundo se denominan Tángrénjiē (“calles de los Tang”). Las creaciones de los poetas de esta dinastía todavía son consideradas las mejores de China, al igual que su escultura, y su ordenamiento jurídico fue un sistema de referencia para todo el este de Asia.

La dinastía Tang fue fundada por el general sui Li Yuan, cuyos logros consolidó su hijo Taizong [626-649]. Cháng’ān (actual Xī’ān) se convirtió en la capital más deslumbrante del mundo, con su propio barrio extranjero cosmopolita, un millón de habitantes, un mercado en el que los comerciantes de lugares tan remotos como Persia se mezclaban con los autóctonos y una muralla que con el tiempo llegó a rodear 83 km2. La ciudad ejemplificaba la devoción de los Tang por el budismo con sus 91 templos documentados en el 722, pero la tolerancia e incluso la absorción de culturas extranjeras también permitieron el establecimiento de religiones foráneas, como el nestorianismo, el maniqueísmo, el islamismo, el judaísmo y el zoroastrismo.

A Taizong le sucedió un personaje singular: Wu Zetian [690-705], la única emperatriz de la historia china. Bajo su gobierno, el imperio alcanzó su máxima extensión y llegó a abarcar desde muy al norte de la Gran Muralla y al oeste hasta el interior de Asia. No obstante, su intensa promoción del budismo la distanció de los funcionarios confucianos y en el 705 fue obligada a abdicar en favor de Xuanzong. Este protagonizaría el mayor desastre en la historia de los Tang: la rebelión de An Lushan.

Xuanzong nombró generales entre las minorías fronterizas creyendo que se encontraban tan alejados del sistema político y de la sociedad que no albergarían ideas de revolución. Sin embargo, An Lushan, un general de ascendencia sogdiana-turca, aprovechó su autoridad en el norte del país para asaltar el poder imperial. La lucha se prolongó de 755 a 763, y aunque An Lushan fue derrotado, el control de los Tang en China quedó definitivamente aniquilado. Los Tang habían cedido tanto dominio militar y recaudatorio a los jefes provinciales para poder derrotar a los rebeldes, que se quedaron sin poder. Se produjo un cambio permanente en la relación entre el Gobierno y las provincias; antes del 755, el Gobierno tenía una idea de quiénes eran los dueños de la tierra en todo el imperio, pero después de aquella fecha el dominio del Gobierno central quedó definitivamente debilitado. Incluso hoy este problema no se ha resuelto completamente.

En su último siglo en el poder, los Tang dejaron atrás su antigua apertura y volvieron con más fuerza al confucianismo, y de 842 a 845 el emperador Wuzong prohibió el budismo. Más adelante se modificó la prohibición, pero esta religión nunca recuperó su antiguo poder y prestigio. El declive de los Tang se caracterizó por la fragilidad imperial, las insurgencias crecientes, las revueltas y el caos.

Song: conflicto y prosperidad

Tras la caída de los Tang se abrió un período definido por la desunión, llamado de las Cinco Dinastías y los Diez Reinos, que se prolongó hasta la instauración de la dinastía Song del Norte (960-1127). Esta dinastía en permanente conflicto con sus vecinos del norte fue un imperio más bien pequeño que coexistió con la dinastía extranjera Liao (esta dominaba una franja de territorio chino al sur de la Gran Muralla que constituía la frontera septentrional de China) y de modo no tan amistoso con los Xia del Oeste, otro poder extranjero que hostigaba a las provincias del noroeste. En 1126 los Song perdieron su capital, Kāifēng, ante un tercer pueblo de origen no chino, los Jurchen, antiguos aliados contra los Liao. Los Song tuvieron que retirarse a su capital meridional de Hángzhōu durante el dominio de la dinastía Song del Sur (1127-1279), que, no obstante, fue una etapa de riqueza cultural y económica.

La plena introducción de un sistema de exámenes para entrar en la administración china tuvo lugar durante la dinastía Song. En un momento en que la fuerza bruta decidía quién dominaba en gran parte de la Europa medieval, los jóvenes chinos se sometían a pruebas sobre los clásicos confucianos y conseguían el cargo si las superaban (la mayoría fracasaba). Aunque el sistema favorecía claramente a los ricos, destacaba por su racionalización de la autoridad. Los textos clásicos utilizados en los exámenes fueron cruciales para transmitir una conciencia de élite cultural china, aunque en los siglos posteriores la rigidez del sistema impidió que se adaptara al cambio social e intelectual.

La economía china prosperó durante el gobierno Song, cuando la agricultura y la artesanía fueron más decisivas para la economía y apareció un auténtico mercado de alcance nacional que se reforzaría aún más durante las dinastías Ming y Qing. Las ciencias y las artes también florecieron con los Song y en muchas disciplinas se lograron avances intelectuales y técnicos. Kāifēng se reveló como un centro de la política, el comercio y la cultura.

La extravagancia cultural de vendar los pies de las niñas para que no crecieran más que el puño parece que surgió durante esta dinastía. Todavía se desconoce cómo se inició, pero durante gran parte de los siglos siguientes se convirtió en una norma social en el país.

De los mongoles a los Ming

La caída de los Song consolidó las ideas de la situación euroasiática de China y de las crecientes amenazas externas. Gengis Kan (1167-1227), que iniciaba su ascenso al poder, puso la mirada en China. En 1215 tomó Beijing para destruir y reconstruir la ciudad y en 1276 sus sucesores se apoderaron de Hángzhōu, la capital Song del Sur. La corte Song huyó y en 1279 su resistencia finalmente cedió. Kublai Kan, nieto de Gengis, reinó sobre toda China como emperador de la dinastía Yuan. Bajo su reinado toda la población se dividió en tres categorías: han, extranjeros y mongoles; los mejores cargos administrativos fueron para estos últimos, si bien en 1315 se reinstauró el sistema de exámenes. Este hecho reforzó inesperadamente el papel de la élite china terrateniente: puesto que no podían progresar en la administración, decidieron entregarse de lleno a sus grandes haciendas. Otra novedad fue la introducción del papel moneda, aunque se imprimió en exceso y hubo problemas de inflación.

Los mongoles demostraron ser poco diestros en el gobierno y al cabo de un siglo su imperio sucumbió debido a las rebeliones y a una derrota final. Gobernando bajo el nombre de Hongwu, el emperador Ming Zhu Yuanzhang fundó su capital en Nánjīng. A principios del s. XV la corte ya había empezado a regresar a Beijing, donde el emperador Yongle [1403-1424] inició un ambicioso proyecto de reconstrucción en el que se levantó la Ciudad Prohibida y se concibió el actual trazado de la ciudad.

Aunque los Ming intentaron imponer una estructura social tradicional en la que los oficios eran hereditarios, durante su dinastía el comercio experimentó un gran crecimiento y se produjeron notables cambios sociales. Las mujeres fueron sometidas a unas normas más estrictas (p. ej., estaba mal visto que las viudas volvieran a casarse); en cambio, aumentó su alfabetización. También se desarrolló la publicación de textos mediante la xilografía y apareció la novela.

El emperador Yongle, que había usurpado el poder a su sobrino, se dispuso a imponer su legitimidad y en 1405 lanzó la primera de sus siete grandes expediciones marítimas. Al mando del general eunuco Zheng He (1371-1433), la flota estaba integrada por más de 60 navíos grandes y 255 menores, y 28 000 hombres. La cuarta y quinta expediciones, que zarparon en 1413 y 1417, llegaron hasta el Oriente Medio actual. El gran logro de estos viajes fue atraer delegaciones tributarias a la capital, incluidas dos embajadas de Egipto. Pero al final quedaron en nada, pues la única motivación de Yongle era aventajar a su padre, y no el afán de conquista ni el establecimiento de una red comercial sólida. Los emperadores siguientes no tuvieron demasiado interés en continuar los viajes y China interrumpió sus exploraciones marítimas por el mundo.

La Gran Muralla se reconstruyó y se recubrió con ladrillo mientras llegaban embarcaciones de Europa, presagio de una amenaza de ultramar que se desarrollaría desde frentes muy diversos. Tras los comerciantes llegaron los misioneros, y los jesuitas, encabezados por Matteo Ricci, se adentraron en el territorio y también tuvieron representación en la corte. Ricci aprendió chino y pasó años intentando encontrar la forma de hacer atractiva la doctrina cristiana a una sociedad confuciana regida por unas normas muy definidas. La presencia portuguesa vinculaba a China directamente con el comercio en el Nuevo Mundo, iniciado en el s. XVI. Llegaron nuevos cultivos, como la patata, el maíz, el algodón y el tabaco, que impulsaron aún más la economía. Los mercaderes, que solían vivir en la opulencia, construían bellos jardines privados (como en Sūzhōu) y compraban delicadas flores y frutas.

Los Ming acabaron sucumbiendo por las luchas de poder internas. Desastres naturales como las sequías y las hambrunas vinieron a sumarse a una amenaza del norte: los manchúes, un pueblo nómada belicoso que aprovechó el caos reinante en China para invadirla.

Los Qing y la disolución de las dinastías

Tras conquistar una pequeña parte de China y asumir el control en medio del desorden, los manchúes bautizaron su nueva dinastía con el nombre de Qing (1644-1911). Una vez instalados en la Ciudad Prohibida, los manchúes se dieron cuenta de que debían adaptar su estilo de vida nómada a la civilización china rural. Así que neutralizaron las amenazas de Asia Central incorporando en el imperio a Manchuria, patria de los Qing, y a los mongoles, a quienes tenían sometidos. Al igual que les sucediera antes con los mongoles, los manchúes tuvieron que hacerse cargo de una civilización cuyo gobierno habían derrotado, pero cuyo poder cultural superaba ampliamente el suyo propio. El resultado fue contradictorio: por una parte, los gobernantes Qing tuvieron que esforzarse por ganarse la lealtad de los altos funcionarios y los notables de la cultura mediante el conocimiento y el respeto de la cultura china tradicional; y por otra, debían conservar a toda costa su identidad manchú. Así pues, impusieron normas estrictas de segregación social entre los han y los manchúes, e intentaron mantener una cultura que les recordara su pasado nómada y guerrero. El gran esplendor de los Qing se produjo con los emperadores Kangxi, Yongzheng y Qianlong, que gobernaron un total de 135 años.

Gran parte del mapa actual de China se forjó durante el período Qing. La expansión territorial y las expediciones a regiones de Asia Central difundieron como nunca el poder y la cultura chinos. Los cambios económicos y sociales impulsaron la expansión durante el s. XVIII. El descubrimiento del Nuevo Mundo en el s. XV generó un nuevo mercado mundial para los productos americanos como las guindillas o los boniatos, que podían cultivarse en regiones más áridas donde no crecían el trigo ni el arroz. En el s. XVIII, la población china se duplicó de 150 a 300 millones.

Los historiadores actuales se toman muy en serio la idea de que en el s. XVIII China se contaba entre las economías más avanzadas del mundo. Aunque el impacto del imperialismo hubiera contribuido al inicio del declive del país, las semillas de la decadencia ya estaban sembradas mucho antes de las Guerras del Opio de la década de 1840. A medida que el país crecía en extensión, las dimensiones del Estado se quedaron demasiado pequeñas y los Qing no supieron ampliar el gobierno para poder afrontar las nuevas realidades de una China más extensa.

Guerra y reforma

El incidente más devastador para los manchúes no fueron las Guerras del Opio, sino la destructiva Rebelión Taiping contra los Qing (1850-1864), una insurgencia motivada en parte por un credo foráneo: el cristianismo. Fundado por el jefe hakka Hong Xiuquan, el Reino Celestial de la Gran Paz (Taiping Tianguo) prohibió el opio y la mezcla de los sexos, impulsó iniciativas para redistribuir la propiedad y se opuso ferozmente a los manchúes. Los Qing finalmente reconquistaron la capital Taiping de Nánjīng, pero en la revuelta murieron más de 20 millones de chinos.

No obstante, los acontecimientos que acabaron con la dinastía se sucedieron de forma precipitada. Las incursiones imperialistas extranjeras no cesaban y los poderes occidentales hacían mella en la costa china: Shanghái, Qīngdǎo, Tiānjīn, Gǔlàng Yǔ, Shàntóu, Yāntái, Wēihǎi, Níngbō y Běihǎi sucumbieron a un régimen semicolonial o incluyeron concesiones extranjeras. Hong Kong se convirtió en colonia británica y Macao fue administrada por los portugueses. Los intentos chinos para fortalecerse, como las iniciativas de producir armamento y tecnología occidental, sufrieron un revés con la guerra chino-japonesa de 1894-1895 por el control de Corea, que terminó con la destrucción de la armada Qing. China no solo perdió su influencia en Corea, sino también Taiwán, que tuvo que entregar a los japoneses.

Japón fue un gran ejemplo de reforma en Asia. En 1868 sus gobernantes, alarmados por las crecientes injerencias extranjeras, habían derrocado el centenario sistema del sogún, que actuaba como regente del emperador. También impulsaron un programa de modernización radical para renovar el ejército, la Constitución, el sistema educativo y la red ferroviaria, todo lo cual dio mucho que pensar a los reformadores chinos.

Una de las propuestas más audaces, basada en gran medida en el modelo japonés, fue el programa presentado en 1898 por los reformadores chinos, entre los que figuraba el pensador político Kang Youwei (1858-1927). Pero en septiembre de 1898 las reformas se interrumpieron cuando la emperatriz viuda Cixi, temiendo un golpe de Estado, puso al emperador bajo arresto domiciliario y ejecutó a varios de los principales defensores del cambio. Dos años más tarde, Cixi tomó una decisión determinante para el destino de los Qing. En 1900 el norte de China estaba convulsionado por los ataques de un grupo de campesinos rebeldes llamados bóxers por su dominio de las artes marciales y cuyo objetivo era expulsar a los extranjeros y eliminar a los chinos cristianos conversos. En junio la dinastía cometió el craso error de apoyar abiertamente a los bóxers; al final una coalición militar extranjera entró en China y derrotó a los rebeldes que asediaban el distrito de las legaciones extranjeras de Beijing. Las potencias imperiales exigieron entonces a los Qing enormes compensaciones monetarias. En 1902 la dinastía reaccionó aplicando el Xinzheng (Nuevo Gobierno), un conjunto de reformas marcadamente progresistas incluso desde la perspectiva actual y hoy casi olvidadas en la China moderna.

El revolucionario cantonés Sun Yat-sen (1866-1925) sigue siendo una de las pocas figuras históricas modernas respetadas tanto en China como en Taiwán. A finales del s. XIX, Sun y su Liga Revolucionaria realizaron múltiples intentos para socavar el poder Qing y consiguieron el patrocinio y el apoyo de un amplio conjunto integrado por la diáspora china, la clase media emergente y las sociedades secretas tradicionales. En la práctica, los intentos de Sun de acabar con el gobierno Qing fueron infructuosos, pero su fama como patriota comprometido con una república moderna le otorgó un gran prestigio entre muchas élites de la clase media china, aunque no entre los principales líderes militares.

El fin de la dinastía Qing no tardó en llegar. Por todo el suroeste de China las noticias de que los derechos ferroviarios en la región se estaban vendiendo a los extranjeros avivó el resentimiento popular contra la dinastía. En octubre de 1911 se produjo una revuelta local en la ciudad de Wǔhàn tras la cual los rebeldes tomaron el mando de la ciudad y declararon apresuradamente la independencia. En cuestión de días o semanas, gran parte de las provincias chinas hicieron lo propio. Las asambleas provinciales en todo el país se declararon a favor de una república con Sun Yat-sen (que en aquel momento ni siquiera se hallaba en China) como candidato a la presidencia.

La República: inestabilidad e ideas

La República china, que apenas duró 40 años en el continente (1912-1949), sigue considerándose como un capítulo oscuro dentro de la historia nacional moderna, en el que el país se vio amenazado por lo que muchos describen como un “imperialismo externo y caudillismo interno”. Pero también había espacio para la cultura y las ideas nuevas. En cuanto a libertad de expresión y producción cultural, la etapa de la República fue mucho más rica que cualquier otra época posterior, aunque también estuvo marcada por reiterados desastres.

Sun Yat-sen regresó a China para ejercer un breve mandato como presidente antes de dar paso al líder militarista Yuan Shikai. En 1912 el país celebró sus primeras elecciones generales, de las que salió vencedor un partido recién fundado por Sun: el Kuomintang (Guómíndǎng, literalmente “Partido Nacional del Pueblo”). Pero la democracia parlamentaria no duró mucho, pues el Kuomintang fue ilegalizado por Yuan, y Sun tuvo que huir a Japón. Tras la muerte de Yuan en 1916, el país se fragmentó en regiones rivales gobernadas por caudillos militares. Los gobiernos supuestamente “nacionales” de Beijing a menudo solo dominaban algunas zonas del norte o del este, pero no podían arrogarse el control sobre el resto del país. De hecho, las potencias extranjeras todavía controlaban gran parte de la situación nacional e internacional de China. Gran Bretaña, Francia, EE UU y el resto de los paíse occidentales no deseaban perder sus derechos, como la extraterritorialidad o el control arancelario.

Shanghái se convirtió en el centro de las contradicciones de la modernidad china. A principios del s. XIX, la ciudad era una maravilla no solo del país, sino del mundo entero, con rascacielos, edificios modernistas, luces de neón, mujeres (y hombres) vestidos de forma extravagante y una atmósfera palpitante, comercial y arrogante. El racismo que conllevaba el imperialismo se palpaba a diario: los europeos no se mezclaban con los chinos. Pero la modernidad ejercía una atracción innegable: los obreros llegaban en masa del campo para trabajar en la ciudad y los intelectuales chinos se fijaban en la moda francesa, la arquitectura británica y el cine americano. En el período anterior a la guerra, en Shanghái había más millonarios que en cualquier otra ciudad china, pero las desigualdades y la miseria también motivaron el primer congreso del Partido Comunista Chino (PPCh) en 1921.

Los militaristas que gobernaban en Beijing en 1917 enviaron a 96 000 chinos al frente occidental de Europa, no en calidad de soldados, sino para excavar trincheras y como mano de obra. Esta intervención china durante la I Guerra Mundial provocó uno de los sucesos más importantes de la historia china moderna: las manifestaciones estudiantiles del 4 de mayo de 1919.

El doble juego de los Aliados y los políticos chinos que habían negociado en secreto con Japón fue un desagradable descubrimiento para los diplomáticos chinos presentes en la Conferencia de Paz de París de 1919. Alemania había sido derrotada, pero sus territorios chinos, como Qīngdǎo, no fueron devueltos a China, sino entregados a Japón. Cinco años más tarde, el 4 de mayo de 1919, unos 3000 estudiantes se reunieron frente a la Puerta de la Paz Celestial, en el centro de Beijing, para iniciar una marcha hasta la residencia de un ministro del Gobierno chino afín a Japón. Una vez allí, entraron por la fuerza y destrozaron la casa.

La manifestación estudiantil se erigió en símbolo de un cambio mucho más amplio en la sociedad y la política chinas. El Movimiento del Cuatro de Mayo, como se llamó, estaba estrechamente relacionado con la Nueva Cultura, respaldada por las estimulantes ideas del “Sr. Ciencia” y el “Sr. Democracia”. En la literatura, una generación de autores del Cuatro de Mayo produjo obras en contra del confucianismo, al que responsabilizaban de la crisis china del momento, y exploraba nuevos temas como la sexualidad y el autodesarrollo. En medio de la agitación intelectual del movimiento surgió el Partido Comunista Chino (PCCh), muchos de cuyos fundadores estaban relacionados con la Universidad de Pekín, como Chen Duxiu (decano de Humanidades), Li Dazhao (bibliotecario) y el joven Mao Tse Tung, un auxiliar bibliotecario.

La Expedición del Norte

Tras años de infructuosa búsqueda de apoyo internacional para su causa, Sun Yat-sen encontró aliados en la recién creada URSS. Los soviéticos ordenaron al incipiente PCCh aliarse con el gran partido “burgués”, el Kuomintang. Sun veía dicha alianza con buenos ojos: los soviéticos proporcionarían formación política, ayuda militar y financiación. Desde su sede en Guǎngzhōu, el Kuomintang y el PCCh trabajaron desde 1923 para preparar su misión de reunificar China.

Sun murió de cáncer en 1925. La lucha sucesoria en el partido coincidió con una oleada de xenofobia desencadenada por el incidente del 30 de mayo de 1925 en el que 13 manifestantes fueron abatidos por la policía británica en Shanghái. Con el asesoramiento soviético, el Kuomintang y el PCCh se prepararon para su “Expedición del Norte”, la gran marcha de 1926 hacia el norte con la que pretendían unir definitivamente el país. En 1926-1927, el Ejército Revolucionario Nacional, de formación soviética, avanzó lentamente luchando, sobornando o persuadiendo a sus oponentes para que aceptaran el dominio del Kuomintang. El militar más influyente resultó ser un oficial de Zhèjiāng llamado Chiang Kai-shek (1887-1975). Formado en Moscú, Chiang finalmente consiguió, en marzo de 1927, el gran trofeo: Shanghái. Pero a sus aliados comunistas les esperaba una desagradable sorpresa: los consejeros soviéticos no habían conseguido impresionar a Chiang y este estaba cada vez más convencido de que los comunistas pretendían utilizar su cooperación con el Kuomintang para hacerse con el poder. Así pues, Chiang atacó primero y por sorpresa. Recurriendo a matones y soldados, hizo una redada de activistas del PCCh y líderes sindicales en Shanghái y asesinó a miles de ellos.

El Gobierno del Kuomintang

El Kuomintang de Chiang Kai-shek subió oficialmente al poder en 1928 gracias a una combinación de fuerza militar y apoyo popular. Su gobierno, caracterizado por la corrupción, suprimió toda disidencia política. Sin embargo, también puso en marcha una importante iniciativa de industrialización, mejoró enormemente las infraestructuras de transporte y renegoció satisfactoriamente lo que muchos chinos consideraban “tratados desiguales” con las potencias occidentales. En sus primeros dos años en el poder, el Kuomintang duplicó los kilómetros de carreteras y aumentó el número de estudiantes de ingeniería. Pero nunca llegó a controlar más que unas cuantas (aunque importantes) provincias del este y China continuó estando considerablemente desunida. Los militaristas regionales siguieron controlando gran parte del oeste del país, los japoneses invadieron y ocuparon Manchuria en 1931, y los comunistas volvieron a establecerse en el noroeste.

En 1934 Chiang Kai-shek lanzó su propio contraargumento ideológico al comunismo: el Movimiento de la Nueva Vida, cuyo objetivo era conseguir una completa renovación espiritual del país mediante una versión modernizada de los valores tradicionales confucianos como los buenos modales, la rectitud y la lealtad. Este movimiento pedía a los nuevos ciudadanos que vistieran ropas sobrias pero limpias, consumieran productos chinos en vez de las lujosas comidas foráneas y tuvieran un comportamiento higiénico. Pero la ideología de Chiang no llegó a cuajar. En un contexto de gran crisis agrícola y fiscal, tales prescripciones no fueron atractivas para el pueblo.

Las nuevas políticas apenas cambiaron la vida cotidiana de la población rural, que constituía más del 80% de China. Se emprendieron algunas reformas, como la creación de cooperativas agrarias, pero fueron poco efectivas. El Partido Nacionalista también se sentía incapaz de recaudar impuestos de forma justa y transparente.

La Larga Marcha

Los comunistas no se quedaron de brazos cruzados y tras la traición de Chiang casi todos los miembros que quedaban en el PCCh huyeron al campo. Uno de sus centros más activos fue el bastión comunista de la empobrecida provincia de Jiāngxī, donde el partido empezó a ensayar los sistemas de gobierno que finalmente le llevarían al poder. Sin embargo, en 1934, las “campañas de exterminio” de Chiang, antes ineficaces, hacían insostenible la situación del PCCh en Jiāngxī y el Ejército Rojo se hallaba cada vez más cercado por las tropas nacionalistas. El PCCh comenzó entonces su Larga Marcha de más de 6400 km. De los 80 000 comunistas iniciales, 4000 llegaron al fin, exhaustos, a la provincia de Shaanxi (Shǎnxī) en el noroeste, lejos del alcance del Kuomintang. Parecía posible que, en cuestión de meses, Chiang volviese a atacar y los exterminase.

Pero la perspectiva de la guerra salvó al PCCh. El aparente desinterés de Chiang Kai-shek por luchar contra los japoneses generó un creciente descontento entre la población. De hecho, fue una apreciación injustificada. El Kuomintang había recurrido al asesoramiento alemán para reentrenar a los regimientos clave del ejército y desde 1931 planificaba una economía de guerra, acuciado por la invasión japonesa de Manchuria. Sin embargo, los acontecimientos llegaron a un punto crítico en diciembre de 1936, cuando el jefe militarista de Manchuria, el general Zhang Xueliang, y el PCCh secuestraron a Chiang. A condición de liberarlo, Chiang accedió abiertamente a formar un Frente Unido con el que el Kuomintang y los comunistas dejarían a un lado sus diferencias y lucharían unidos contra Japón.

La guerra y el Kuomintang

En Occidente suele olvidarse que China participó de forma significativa en la II Guerra Mundial. La invasión japonesa de China, iniciada en 1937, fue implacable, y la célebre masacre de Nánjīng (también conocida como la “violación de Nánjīng”) fue uno solo de los varios crímenes de guerra cometidos por el ejército japonés al conquistar el este de China. El Gobierno tuvo que operar desde su exilio en el extremo suroccidental del país, pues la costa oriental, donde gozaba de mayor fuerza y prosperidad, ya estaba ocupada por los japoneses.

Hoy se reconoce incluso en China que el Kuomintang y los comunistas tuvieron un papel decisivo en la derrota de Japón. Chiang, y no Mao, fue el líder chino reconocido internacionalmente durante este período y, a pesar de los numerosos fallos cometidos por el régimen, resistió hasta el final. Sin embargo, el Gobierno también se hallaba cada vez más acorralado y tuvo que refugiarse en la provincia de Sìchuān e instaurar una capital provisional en Chóngqìng. Aunque a salvo de un ataque por tierra de Japón, la ciudad todavía estaba sitiada y sufrió algunos de los bombardeos más intensos de la guerra. A partir de 1940 los suministros quedaron interrumpidos cuando los británicos, forzados por Japón, cerraron la carretera de Birmania, y la Francia de Vichy bloqueó las conexiones con Vietnam. Aunque EE UU y Gran Bretaña habían incorporado a China como aliado contra Japón después del ataque a Pearl Harbor del siete de diciembre de 1941, la estrategia aliada de “Europa primero” hizo que China quedara siempre relegada a un segundo plano. La corrupción y el liderazgo de Chiang Kai-shek recibían duras críticas y aunque las acusaciones no eran infundadas, sin los ejércitos chinos del Kuomintang (que habían mantenido a un millón de soldados japoneses bloqueados en China durante ocho años), la guerra de los Aliados en el Pacífico habría sido mucho más ardua. Los comunistas tuvieron un papel decisivo como guerrilleros, pero entraron mucho menos en combate que el Kuomintang.

Sin embargo, los auténticos vencedores de la II Guerra Mundial fueron los comunistas, que habían emprendido importantes campañas guerrilleras contra los japoneses en todo el norte y el este de China, aunque los cambios clave se produjeron en el inhóspito y polvoriento paisaje que rodea el pueblo de Yenan (Yán’ān), capital del principal bastión del PCCh. El “camino de Yenan” desarrollado en aquellos años consolidó muchas de las políticas del PCCh: la reforma agraria con redistribución de la tierra a los campesinos, bajada de impuestos, economía autosuficiente, educación ideológica y, para sustentarlo todo, la fuerza militar del PCCh: el Ejército Rojo. Al final de la guerra con Japón, las zonas comunistas se habían expandido enormemente, el Ejército Rojo tenía unos 900 000 soldados y la afiliación al partido había subido hasta los 1,2 millones.

La guerra con Japón había ayudado a los comunistas a recuperarse del desastre en que se encontraban al término de la Larga Marcha. En 1946 el Kuomintang y los comunistas se enzarzaron en una guerra civil, ganada por el PCCh después de tres largos años. El 1 octubre de 1949 Mao declaró en Beijing la instauración de la República Popular China.

Chiang Kai-shek huyó a la isla de Formosa (Taiwán), que China había recuperado de Japón tras la II Guerra Mundial, llevándose consigo las reservas de oro chinas y lo que quedaba de su fuerza aérea y su armada, y allí fundó la República de China con su nueva capital, Taipei (台北, Táiběi).

La China de Mao

La China de Mao se autodenominó “Nueva China”, con la idea de que toda la ciudadanía encontrara un papel en la nueva política y en la sociedad. El éxito de las tácticas políticas y militares de Mao también suponía que el país, por primera vez desde el s. XIX, estaba unido bajo un Gobierno central fuerte.

La mayoría de los occidentales (y sus influencias) fueron rápidamente expulsados. EE UU se negó a reconocer el nuevo Estado. Sin embargo, China había decidido, según palabras de Mao, “inclinarse hacia un lado” y se alió con la Unión Soviética en la todavía incipiente Guerra Fría frente al bloque occidental. La década de 1950 marcó el punto álgido de la influencia soviética en la política y la cultura chinas, pero también fue testigo de la creciente tensión entre chinos y soviéticos, alimentada en parte por la condena de Jrushchov a Stalin, que Mao interpretó como una crítica a su propia figura. Las diferencias entre ambos países se agravaron cuando China rechazó la asistencia técnica soviética y alcanzaron un punto crítico durante los intensos enfrentamientos fronterizos de 1969. Las relaciones quedaron congeladas hasta los años ochenta.

Mao deducía de sus experiencias que, en una China todavía aferrada a las tradiciones, solo la violencia podía cambiar la relación entre terratenientes y arrendatarios, o entre los capitalistas y sus empleados. Durante el primer año del régimen se redistribuyó el 40% de la tierra entre los campesinos pobres. Al mismo tiempo, cerca de un millón de personas condenadas por “terratenientes” fueron perseguidas y asesinadas. La alegría de la liberación fue real para muchos chinos, pero las campañas de terror también lo fueron y el comienzo de la década de 1950 no fue precisamente una época gloriosa.

Cuando las relaciones con los soviéticos se rompieron a mediados de los cincuenta, los líderes del PCCh se centraron en la autosuficiencia económica. Con el apoyo de sus camaradas del politburó, Mao planteó la política conocida como el Gran Salto Adelante (Dàyuèjìn), un ambicioso plan para aprovechar el poder de la economía socialista para impulsar la producción de acero, carbón y electricidad. La agricultura tenía que llegar a un grado de colectivización todavía mayor. Las estructuras familiares se fragmentaron al crearse los comedores colectivos donde se exhortaba a la gente a comer hasta saciarse porque los nuevos métodos agrícolas asegurarían la abundancia para todos en el futuro.

Sin embargo, el Gran Salto Adelante fue un fracaso. Su falta de realismo económico provocó una hambruna generalizada con decenas de millones de muertos. No obstante, el regreso a una economía de cuasi mercado en 1962, una vez finiquitado el Salto, no mermó el entusiasmo de Mao por una renovación revolucionaria y este le llevó a la última de las campañas que marcaron la China maoísta: la Revolución Cultural de 1966-1976.

La Revolución Cultural

Mao estaba cada vez más preocupado por la posible caída de la China en el “economismo”, una satisfacción complaciente en el aumento del nivel de vida que arruinaría el fervor revolucionario del pueblo. A Mao le inquietaba especialmente que la generación joven pudiera crecer con un espíritu revolucionario mitigado y decidió emprender una campaña masiva de renovación ideológica en la que acabaría atacando a su propio partido.

Siendo todavía la figura dominante del PCCh, Mao aprovechó su prestigio para debilitar a sus propios camaradas. En verano de 1966 aparecieron unos carteles con grandes caracteres escritos a mano en lugares destacados, como la Universidad de Pekín, en los que se pedía que personajes como Liu Shaoqi (presidente de la República) y Deng Xiaoping (miembro veterano del politburó) fuesen reprobados por ser “seguidores de la vía capitalista”. Los principales líderes políticos desaparecieron de repente de la vida pública y fueron sustituidos por desconocidos, como la esposa de Mao, Jiang Qing, y sus socios, que más tarde recibieron el apelativo de la “Banda de los Cuatro”. Mientras tanto se generalizaba el culto a la personalidad de Mao. Un millón de jóvenes, llamados los Guardias Rojos, se congregaron en la plaza de Tiananmén para escuchar a Mao, y por todas partes había carteles y fotografías con su efigie. Los Guardias Rojos admitían sin pudor que sus tácticas eran violentas. El terrorismo invadió la sociedad: profesores, intelectuales y terratenientes fueron asesinados a millares.

Mao, que había iniciado y apoyado la Revolución Cultural, también era muy popular entre los jóvenes (que tenían poco que perder y mucho que ganar). La autoridad policial desapareció, la actividad creativa se paralizó y la investigación académica se detuvo.

La Revolución Cultural no podía durar. Preocupado por el aumento de la violencia, el Ejército obligó a los Guardias Rojos a desalojar las calles en 1969. A principios de la década de 1970 se produjo un notable acercamiento entre EE UU y China: uno estaba desesperado por salir del atolladero de la Guerra de Vietnam y el otro, atemorizado por un posible ataque de la entonces hostil URSS. Gracias a unas maniobras diplomáticas secretas, tuvo lugar la visita oficial del presidente norteamericano Richard Nixon a China en 1972, tras la cual el país se abrió de nuevo a Occidente. La Revolución Cultural fue enfriándose lentamente. Muchos de los culpables de asesinato y actos violentos se reincorporaron a la sociedad sin ser apenas juzgados y hoy el PCCh sigue oponiéndose a analizar abiertamente aquella “década de caos”.

Reforma

Mao murió en 1976 y lo sucedió el casi desconocido Hua Guofeng (1921-2008), que al cabo de dos años sería superado por el gran superviviente de la política china del s. XX, Deng Xiaoping. Deng, que había sido depurado dos veces durante la Revolución Cultural, tras la muerte de Mao lograba el liderazgo supremo del PCCh con un programa radical. El nuevo líder reconoció que la Revolución Cultural había causado un grave perjuicio a la economía china y adoptó un eslogan político inventado por el primer ministro de Mao, Zhou Enlai: las “Cuatro Modernizaciones”. La misión del partido era encarrilar al país en los cuatro campos de agricultura, industria, defensa, y ciencia y tecnología.

Para que esta política funcionara tuvieron que abandonarse muchos postulados de la era maoísta. La primera medida altamente simbólica de la “era reformista” fue el desmantelamiento de las granjas colectivas. Los agricultores pudieron vender una parte de sus cultivos en el mercado libre y se alentó también a las zonas urbanas y rurales para que crearan pequeñas empresas de ámbito local. “Hacerse rico es maravilloso”, declaró Deng y añadió: “no importa que algunas zonas lo hagan primero”. Dentro de esta campaña de estímulos empresariales, Deng designó cuatro Zonas Económicas Especiales (ZEE) en la costa del país que serían especialmente atractivas para los inversores extranjeros.

En cambio, las riendas de la política no se aflojaron tanto. A Deng no le importaba cierta dosis de impureza ideológica, pero a otros miembros de la cúpula les preocupaba el materialismo de la China reformista y apoyaban campañas de “contaminación antiespiritual” para condenar las influencias del mundo capitalista. No obstante, la tendencia general parecía apuntar hacia una sociedad más libre y mercantil. Las nuevas libertades de que gozaba la clase media urbana incitaban a conseguir más. Tras las protestas estudiantiles para exigir más apertura al partido en 1985-1986, el primer ministro Hu Yaobang (relativamente liberal) fue obligado a dimitir en 1987 y asumir la responsabilidad por haber permitido el descontrol de las fuerzas sociales. Lo sustituyó en la secretaría general Zhao Ziyang, más conservador pero reformista económico. En abril de 1989 Hu Yaobang murió y los estudiantes de todo el país organizaron protestas contra la constante injerencia del PCCh en la vida pública. En la Universidad de Pekín los estudiantes reclamaron la necesidad de “ciencia y tecnología”.

En la primavera de 1989 la plaza de Tiananmén fue escenario de una manifestación sin precedentes. En su momento culminante, casi un millón de trabajadores y estudiantes chinos llenaron la explanada delante de la Puerta de la Paz Celestial en una extraña alianza de clases, mientras el PCCh se incomodaba al sentir que los medios de comunicación del mundo entero se hacían eco del acontecimiento. En junio de 1989 el número de manifestantes se había reducido a varios miles, pero los que quedaban no mostraban señales de querer abandonar. Se impuso la ley marcial y entre la noche del 3 de junio y las primeras horas del 4, se enviaron tanques y personal armado. Nunca se ha confirmado oficialmente la cifra total de muertos en la capital, pero parece que fueron bastantes centenares. Cientos de personas relacionadas con el movimiento fueron detenidas, encarceladas u obligadas a huir a Occidente.

Durante tres años, la política china prácticamente se paralizó, hasta que en 1992 Deng hizo su último gran gesto público: emprender lo que los politólogos chinos denominaron su “gira por el sur” o nánxún. Al visitar Shēnzhèn, Deng señaló que las políticas de reforma económica no iban a abandonarse. Las elevadas tasas de crecimiento que ha experimentado la economía china desde entonces han justificado su decisión. Deng también tomó otra determinación importante: preparar a Jiang Zemin (alcalde de Shanghái que, a diferencia de las autoridades de Beijing, había conseguido disolver pacíficamente las manifestaciones en su ciudad) para que fuera su sucesor al nombrarlo secretario general del partido en 1989.

Deng murió en 1997, el mismo año en que China recuperó Hong Kong gracias al acuerdo de “un país, dos sistemas” con el Reino Unido, que mantendría durante los 50 años siguientes la independencia de la antigua colonia británica en todos los aspectos excepto defensa y asuntos exteriores. Dos años más tarde, ocurrió lo propio con Macao. Ante los numerosos problemas sociales derivados de las desigualdades provocadas por los años de Deng, el presidente Jiang Zemin, con Zhu Rongji como primer ministro, buscó la prosperidad económica reforzando a la vez el poder estatal centralizado y posponiendo las reformas políticas tan necesarias. Ante las protestas de hasta 10 000 adeptos de Falun Gong delante del Zhongnanhai de Beijing en abril de 1999, Jiang calificó al movimiento de secta e intentó erradicarlo mediante encarcelamientos y detenciones apoyándose en una campaña propagandística draconiana.

La China del s. XXI

Jiang Zemin fue sucedido en el 2002 por el presidente Hu Jintao, quien siguió intentando dominar la creciente desigualdad de las regiones y la pobreza que azotaba las zonas rurales. Sin embargo, el desarrollo desequilibrado de China prosiguió, a pesar de un ambicioso programa para mejorar las regiones del oeste. En el 2009, una entrada de 325 000 millones de dólares aumentó enormemente el PIB per cápita en las regiones del oeste, pero persistieron una gran diferencia en la riqueza e importantes problemas medioambientales.

El tema de la reforma política quedó aparcado sobre todo porque el crecimiento económico daba prosperidad a mucha gente, aunque de manera desigual. Los precios inmobiliarios, en especial en las provincias más ricas de la costa este, se estaban disparando y ascendía una economía de exportaciones e inversiones. Para muchos, la primera década del s. XXI estuvo marcada por las espectaculares riquezas que consiguieron algunos: el número de multimillonarios del dólar se duplicó en solo dos años y los precios inmobiliarios empezaron a situarse fuera del alcance de los menos afortunados. Esto coincidió con la mayor migración mundial de trabajadores hacia las ciudades. China respondió a la crisis crediticia del 2007 y a la recesión en las economías occidentales con un plan de estímulo de 586 000 millones de dólares entre el 2008 y 2009. La construcción de viviendas e infraestructuras experimentó un espectacular crecimiento que protegió a China de los peores efectos de la recesión mundial, pero el sector de las exportaciones se redujo al agotarse la demanda internacional. La avalancha de restricciones a la compra de segundas propiedades intentó eliminar a los especuladores del mercado y contener las subidas de precios. Aunque estas políticas funcionaron en parte, millones de viviendas en toda China estaban vacías, adquiridas por inversores contentos de ver subir los precios, y ya habían surgido varias ciudades fantasmas (como Ordos en Mongolia Interior, construida gracias a la fiebre del carbón).

Xi Jinping, que había sido vicepresidente desde el 2008, sustituyó en la presidencia a Hu Jintao en el 2013. Prometiendo erradicar la corrupción, Xi también intentó promover reformas, como la abolición de la política del hijo único y el sistema del láojiào (reeducación a través del trabajo). Estas reformas iban acompañadas de un creciente empeño por controlar internet y las redes sociales, así como un presupuesto de seguridad interna que absorbía más capital que la defensa nacional.

Xi Jinping heredó una China con una gran historia de éxitos, pero también acosada por los problemas. A pesar de una planificación sólida y ambiciosa (una gran expansión de la red de ferrocarriles de alta velocidad, un programa espacial con objetivos audaces, algunos de los edificios más altos del mundo...), la economía china ha mantenido su desequilibrio fundamental con una dependencia excesiva del mercado de exportaciones. La reforma política ha quedado todavía más relegada al pasar a primer plano las consideraciones económicas y cernerse los nubarrones sobre los conflictos en torno a los arrecifes, los bancos de arena y las islas del mar de China Meridional.

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