Historia de Bolivia

La historia de Bolivia se ve reflejada en cada rincón de la vida cotidiana: en las ruinas prehispánicas, las iglesias coloniales y en los museos, galerías y mercados caóticos de los centros urbanos. Una impronta cultural de más de 6000 años que se deja notar en los idiomas, indumentaria, costumbres y tradiciones de los pueblos indígenas, cuyo sentimiento de identidad y orgullo cultural ha sido alentado por los más de 10 años de gobierno de Evo Morales.

Prehistoria

El gran altiplano, la mayor extensión de territorio cultivable de los Andes, abarca desde la actual Bolivia hacia el sur de Perú, noroeste de Argentina y norte de Chile.

Los intercambios culturales entre los primeros pueblos andinos se produjeron sobre todo a través del comercio, normalmente entre las tribus nómadas de las tierras bajas, los agricultores de los Yungas, las sociedades organizadas como la tiahuanaco y la inca en el altiplano, y los mercaderes de la costa de las actuales Perú y Chile. Estos intercambios y las ventajas geográficas del altiplano dieron un excedente de alimentos que, al final, propició que los Andes fueran la cuna de los mayores logros culturales de América del Sur.

En los primeros siglos de nuestra era aparecieron las primeras civilizaciones avanzadas en la costa peruana y en los valles andinos. En las tierras altas, las civilizaciones se desarrollaron algo más tarde. Algunos arqueólogos dividen la prehistoria de los Andes centrales en Horizontes (Temprano, Medio y Tardío), cada uno con su singularidad arquitectónica y artística.

Horizontes Temprano y Medio

El llamado Horizonte Temprano (1400-400 a.C.) fue una época de actividad e innovación arquitectónica, tal y como constatan las ruinas de Chavín de Huantar, en la vertiente este de los Andes peruanos. Las influencias de Chavín llegaron a todo el territorio, incluso después de la caída de la civilización chavín, alargándose hasta el Horizonte Temprano intermedio (400 a.C.-500 d.C.).

En el año 700 a.C., Tiahuanaco ya era una metrópoli próspera. Era una civilización muy avanzada para los Andes, pues contaba con una extensa red de calzadas, canales para el riego y terrenos abancalados. Según parece, en los 83 km2 de Tiahuanaco vivían miles de personas.

El Horizonte Medio (500-900 d.C.) estuvo marcado por la expansión imperial de las culturas de los tiahuanacos y los huaris (del valle de Ayacucho en el actual Perú). Los tiahuanacos construyeron obras técnicamente muy avanzadas, y crearon impresionantes cerámicas, objetos de oro, pilares y losas grabadas con calendarios, y representaciones de su barbudo líder y deidad blanco, Viracocha.

Tiahuanaco estuvo habitada del año 1500 a.C. al año 1200 d.C., pero su poder en la región, basado más en factores religiosos que económicos, se intensificó del año 600 d.C. al año 900 d.C. (aprox.), cuando la civilización inició un misterioso declive que duró hasta el s. XIII. Unos dicen que Tiahuanaco fue desplazada por una bajada del nivel del agua del lago Titicaca, que alejó las orillas de la ciudad lacustre. Otros afirman que fue atacada y masacrada por los belicosos collas (o aimaras) desde el oeste. A los españoles se les contó una leyenda inca sobre una batalla entre los collas y los “hombres blancos con barba” en una isla del lago Titicaca. Dichos hombres fueron, presumiblemente, los tiahuanacos, de los que solo pudieron escapar unos pocos. Algunos investigadores creen que los supervivientes desplazados migraron hacia el sur y se convirtieron en el pueblo chipaya del departamento de Oruro, al oeste.

Horizonte Tardío, los incas

El periodo entre el 900 y 1475 d.C. es conocido como Horizonte Tardío intermedio. Tras la caída de Tiahuanaco, ciudades-estado como Chan Chan en Perú y los reinos aimara de las riberas sur del lago Titicaca adquirieron poder. Sin embargo fue el auge y la caída del Imperio inca el que realmente define el periodo precolombino.

Los incas vivieron en la región de Cuzco (en Perú) desde el s. XII. Tenían fama por sus fantásticas ciudades de piedra y sus habilidades para trabajar el oro y la plata. Los incas establecieron un sistema de bienestar social, recaudaban hasta dos terceras partes de la producción agrícola y trabajaban en un sistema basado principalmente en la propiedad comunitaria de las tierras. A través del sistema de mitas (donde se trabajaba obligatoriamente por turnos para construir obras públicas) fueron capaces de trazar una compleja red viaria y un sistema de comunicaciones que sorteaba las dificultades del terreno de su extenso imperio.

Hacia 1440, los incas iniciaron su expansión. El octavo rey inca, Viracocha (que no debe confundirse con la deidad tiahuanaco), creía que su dios Sol les ordenaba no solo conquistar, desvalijar y esclavizar a sus enemigos, sino organizar a las tribus derrotadas e incorporarlas al reino del benevolente rey Sol.

Entre 1476 y 1534, la civilización inca consiguió extender su influencia sobre los reinos aimaras de orillas del lago Titicaca. Ampliaron sus fronteras desde su sede de poder en Cuzco hacia el este hasta la actual Bolivia, hacia el sur hasta los confines septentrionales de las actuales Argentina y Chile, y hacia el norte hasta el actual Ecuador y el sur de Colombia.

A los pueblos de los reinos aimara se les permitió conservar su idioma y sus tradiciones sociales pero, en realidad, jamás aceptaron el gobierno de los incas. Hoy aún se pueden apreciar estas fisuras lingüísticas y culturales en los quechuas, aimaras y demás pueblos indígenas de Bolivia.

A finales de la década de 1520, las rivalidades internas empezaron a cobrarse un precio en el imperio cuando los hijos del inca Huayna Capac (Atahualpa y Huáscar) se enfrascaron en una sangrienta guerra civil tras la muerte de su padre. Atahualpa (que controlaba los confines septentrionales del imperio) ganó la guerra. En su viaje hacia el sur para ocupar el trono en cuzco, se topó con el conquistador Francisco Pizarro, que lo capturó, pidió un rescate por él y, al final, lo decapitó. Dejó tal vacío de poder que los españoles lo tuvieron fácil para conquistar las tierras y pueblos del Imperio inca.

La conquista española

La conquista española de América del Sur fue rápida. El caos imperante tras la guerra civil inca ayudó, como también lo hicieron las epidemias traídas desde Europa. La supremacía europea en metalurgia de guerra (los incas la utilizaban como mera ornamentación) también desempeñó su papel, como lo hicieron sus caballos y el mito de que hombres barbudos, algún día, serían enviados por el gran Viracocha.

Al año de llegar a Ecuador en 1531, Francisco Pizarro, Diego de Almagro y sus conquistadores llegaron a Cuzco.

El Alto Perú (la actual Bolivia) apoyó al derrotado Huáscar durante la guerra civil inca, facilitando así la conquista a Diego de Almagro, que fue asesinado en 1538. Tres años más tarde, Pizarro sufrió su misma suerte en manos de unos subordinados amotinados. Pero esto no detuvo a los españoles, que siguieron explorando y colonizando su tierra recién descubierta.

Durante estas fases iniciales de la conquista, las luchas internas entre las facciones españolas eran habituales y el destino de Bolivia, un remanso político hasta el descubrimiento de plata, estuvo sujeto a los intereses de los centros políticos más poderosos en Cuzco y Lima.

El legado de Potosí

Cuando Diego Huallpa reveló su descubrimiento de plata después de destrozar las tierras en el cerro Rico en Potosí en 1544, los conquistadores españoles ya habían implantado firmemente sus costumbres sobre lo que quedaba del Imperio inca, pero dejaron el liderazgo del cacique local y la estructura de los mitas en las comunidades indígenas. Esto proporcionaba un sistema local de gobierno y se garantizaba el suministro de mano de obra. A los conquistadores más poderosos se les concedieron encomiendas, enormes franjas de tierra con los campesinos que las trabajaban.

Potosí se fundó oficialmente en 1545, y en 1558 el Alto Perú obtuvo la autonomía de Lima con la creación de una Audiencia (corte real) en Sucre. Con Potosí como centro aparecieron núcleos de transporte, comunidades agrícolas y otros centros de apoyo. Y aunque otras ciudades bolivianas como La Paz y Sucre prosperaran, el centro de la región era Potosí. La mina de Potosí era la más productiva del mundo y su plata avaló las ambiciones internacionales de España, permitiendo al país dirigir la Contrarreforma en Europa. Pero no toda la riqueza abandonó la región, se construyeron catedrales en todo el altiplano creando, al final, un estilo arquitectónico propio, y más tarde, colocando a Bolivia en los campos de las artes, la política y la literatura.

Los misioneros se presentaron en los ss. XVIII y XIX en las zonas vecinas a Santa Cruz y Tarija, alterando el paisaje cultural de la región. A finales del s. XVII, los crecientes conflictos entre los españoles recién llegados y la élite de Potosí desembocó en una enorme recesión económica en el s. XVIII.

Independencia

Los primeros años del s. XIX fueron tiempos de revolución e independencia para Bolivia (y para gran parte del mundo). Las malas cosechas y las epidemias mermaron la economía boliviana entre 1803 y 1805, abonando el terreno para la revolución. Y para colmo, con la Revolución francesa, las guerras napoleónicas en Europa y el apoyo británico a los movimientos pro independentistas en América Latina, los colonizadores de las Américas por fin se plantearon cómo sería un mundo sin realeza.

En mayo de 1809, el primer movimiento por la independencia en Hispanoamérica despegó en Chuquisaca (la actual Sucre), a la que otras ciudades no tardaron en imitar. Esta primera chispa revolucionaria se apagó pronto. Por irónico que parezca, aunque los primeros gritos por la revolución vinieran de Bolivia, este sería el último país de Sudamérica en conseguirla.

A principios de la década de 1820, el general Simón Bolívar había conseguido liberar Venezuela y Colombia del yugo español. En 1822, envió al mariscal Antonio José de Sucre a Ecuador para derrotar a los realistas en la batalla de Pichincha. En 1824, tras años de guerrillas contra los españoles y las victorias de Bolívar y Sucre en las batallas de Junín (6 de agosto) y Ayacucho (9 de diciembre), Perú consiguió la independencia. Durante esta época, otro líder independentista que procedía del Río de la Plata, José de San Martín, estaba ocupado batallando en el este de Bolivia y liberando a buena parte de la esquina sur del continente.

Justo cuando Argentina y Perú pusieron sus ojos en las minas de Potosí, Sucre declaró la independencia de Perú y, en 1825, nacía la República de Bolivia. Bolívar (efectivamente, el país debe su nombre al general) y Sucre fueron los dos primeros presidentes del país pero, después del tímido intento del tercer presidente Andrés Santa Cruz por formar una confederación con Perú, las cosas se empezaron a torcer. Al final, la oposición chilena consiguió deshacer esta alianza potencialmente poderosa y, a partir de entonces, Bolivia quedó relegada a un papel más secundario en la política regional a las órdenes de sucesivos caudillos que dominaron la política nacional hasta la década de 1880. A partir de ahí, Bolivia estuvo gobernada por una oligarquía civil dividida en grupos liberales y conservadores hasta la década de 1930, cuando el sistema político tradicional volvió a desmoronarse, facilitando la constante intervención militar hasta la Revolución de 1952.

La tensión política continúa

A principios del s. XX, los adinerados magnates del estaño y los terratenientes controlaban las riquezas mineras y agrícolas del país, mientras el campesinado quedaba subyugado al pongaje, un sistema feudal de peonaje. Planeaba el descontento social, cuyo fruto más importante fue la aparición del Movimiento Nacionalista Revolucionario. Este partido político aglutinó a las masas con la causa común de una reforma popular, lo que alimentó la fricción entre los mineros pobres y los magnates del estaño absentistas. Con Víctor Paz Estenssoro al timón del partido, el MNR ganó las elecciones de 1951 pero un golpe de estado en el último momento le impidió subir al poder. Siguió una época de duros enfrentamientos que acabó con la derrota de los militares y la subida al poder de Paz Estensorro en lo que pasó a denominarse la Revolución Nacional de 1952. No tardó en nacionalizar las minas, expulsar a los barones del estaño, poner fin al pongaje y fundar la Comibol (Corporación Minera de Bolivia), la entidad estatal encargada del control de las minas. El MNR permaneció en el poder 12 años pero ni con el apoyo de EE UU fue capaz de elevar el nivel de vida o aumentar la sostenibilidad de la producción de alimentos.

Los años sesenta y setenta fueron décadas de golpes de estado, dictaduras, regímenes brutales de tortura, arrestos y desapariciones, pero también de un aumento significativo de la producción y tráfico de cocaína.

En 1982, el Congreso eligió a Hernán Siles Zuazo, líder civil del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), apoyado por los comunistas, con quien empezó uno de los periodos democráticos más largos en la historia de Bolivia. Su mandato se vio contaminado por los conflictos laborales, el derroche de fondos públicos y una enorme devaluación de la moneda, lo que provocó una inflación pasmosa que llegó a alcanzar el 35 000% anual.

Tres años más tarde, cuando Siles Zuazo renunció y convocó elecciones generales, Paz Estenssoro regresó a la política para convertirse en presidente por cuarta vez. Sin tiempo que perder, impuso duras medidas para reactivar la maltrecha economía: acabó con los sindicatos, congeló sueldos y eliminó las subvenciones para, acto seguido, sacar el Ejército a las calles para mantener la paz. La inflación se redujo en cuestión de semanas pero el desempleo descontrolado amenazaba la estabilidad del Gobierno.

El caos prevalece

En los primeros años de la década de 1990 reinaban la apatía política, las políticas partidistas y las luchas entre capitalización (la apertura de las empresas públicas a la inversión internacional) y los modelos populistas. El mercado libre ganó con la elección de Gonzalo Goni Sánchez de Lozada, el líder del MNR que había desempeñado un papel clave en el recorte de la inflación.

Las reformas económicas llevaron a las compañías estatales y a las explotaciones mineras a abrirse al capital extranjero para que esa privatización trajera la estabilidad y sacara rentabilidad de las empresas. A los inversores extranjeros se les ofreció el 49% de las acciones, el control total de las votaciones, permiso para operar en Bolivia y hasta el 49% de los beneficios. El 51% de las participaciones restantes se repartía entre bolivianos en forma de pensiones y a través de la Participación Popular, una iniciativa para canalizar el gasto lejos de las ciudades y en escuelas, clínicas y demás infraestructuras del entorno rural.

A finales de 1995, la violencia y el descontento provocados por la lucha por la erradicación de la coca dirigida por EE UU en Chapare eclipsaron dichas medidas reformistas. A finales de los años noventa, el Gobierno se enfrentó a un creciente malestar social por las medidas para erradicar la coca, y a las protestas por el aumento de los precios del gas, por una preocupante escasez de agua y por una recesión económica en el departamento de Cochabamba.

Tras una exitosa campaña orquestada por un equipo de asesores políticos estadounidenses que contrató Goni, este fue reelegido en agosto del 2002. Al año siguiente sus políticas económicas fueron muy criticadas, con protestas muy extendidas que se cobraron las vidas de 67 manifestantes durante una represalia policía en La Paz. En octubre del 2003, Goni dimitió en medio de masivas manifestaciones y huyó a EE UU.

Las protestas, el aumento de los precios de los carburantes y una crispación continuada provocaron la dimisión de Carlos Mesa, el sucesor de Goni, en el 2005.

La era Morales

En diciembre del 2005, los bolivianos eligieron al primer presidente indígena de su país. Un antiguo cocalero y diputado de Cochabamba, Evo Morales Ayma, del Movimiento al Socialismo (MAS), consiguió casi el 54% de los votos, tras prometer cambiar el tradicional sistema de clases políticas y empoderar a la mayoría pobre del país (indígenas en su mayoría). Después de las elecciones, Morales no tardó en buscar el foco, viajó por el mundo y se reunió con Hugo Chávez en Venezuela, con Fidel Castro en Cuba, con Luis Inácio Lula da Silva en Brasil, pero también con miembros del Congreso Nacional Africano de Sudáfrica. Precisamente, el Día del Trabajo del 2006, nacionalizó las reservas de gas natural de Bolivia y subió los impuestos a los inversores de energía para así dejar los recursos del país en manos bolivianas. Los ingresos del gas natural se multiplicaron por ocho en el 2013 gracias a la nacionalización.

En julio del 2006, Morales formó una Asamblea Nacional Constituyente para reescribir la Constitución del país. En enero del 2009, la nueva Constitución ‘social’ fue aprobada por el 67% de los votantes en un referéndum a nivel nacional. La primera Constitución boliviana en ser aprobada por sufragio popular daba más poder a la mayoría indígena del país, oficializaba los idiomas y religiones indígenas en el nuevo estado “plurinacional” y permitía que Morales se pudiera presentar a unas elecciones para cinco años más, que ganó ese mismo año. La Constitución también limitaba las hectáreas de los latifundios para redistribuir la tierra, entonces en manos de los terratenientes, entre los granjeros indígenas pobres.

Como excocalero, Morales se propuso la meta personal de resaltar las diferencias entre coca, una planta sagrada para las culturas indígenas de las tierras altas, y la cocaína, el narcótico. Eso le llevó al famoso momento en el que sostuvo una hoja de coca en las Naciones Unidas en el 2013 y pidió a los presentes que corrigieran el “error histórico” al clasificarla como droga. Aunque hubo quien lo consideró un numerito teatral, consiguió recibir una exención especial para legalizar las prácticas tradicionales asociadas con la coca en Bolivia. Los usos potenciales de la coca son muchos más que la mera utilización como narcótico y como Bolivia es el tercer productor de coca más grande del mundo, el país saldría ganando si se aprobara una legalización más amplia de su cultivo.

Aunque Morales goza de un apoyo extendido de los pueblos indígenas bolivianos, sus cambios sociales radicales también tienen sus detractores. En el este del país, donde están casi todos los recursos naturales, la oposición ha estado desafiando a Morales, acusándolo de ser un déspota etnocéntrico. En el 2016, en un referéndum que proponía cambiar la Constitución para que Morales pudiera presentarse a una reelección por cuarta vez, ganó el “no”. Pero Morales acudió al Tribunal Constitucional, quien ignoró la Constitución, para eliminar esa limitación que impedía a un candidato presentarse más de dos veces consecutivas, y en el 2017 Morales anunció se intención de presentarse para la reelección en el 2019.

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